martes, 10 de noviembre de 2015

La niebla

Llegan al parque una mañana otoñal de domingo. Él disfruta satisfecho de acompañar al hijo, con quien pasa poco tiempo; el niño está excitado con el vértigo feliz de las grandes ocasiones. Recorren las estrechas avenidas entre ruidos de sirenas y canciones, atrapados por el gentío, el despliegue multicolor de los tiovivos, el estruendo de las montañas rusas y el dulce olor del algodón de azúcar. Después de las atracciones convencionales, dejan atrás las zonas infantiles y compran dos entradas para el nuevo túnel del misterio. Las brujas de cartón piedra, las imágenes de vampiros y alienígenas son baratas y descuidadas, pero el disfraz de pez rana del feriante, con su cabeza de ojos saltones y sus extraños pies, está bien conseguido y resulta atemorizante. Caminan por un pasillo oscuro que se ilumina con falsos relámpagos, se asustan con su propia imagen descubierta en espejos escondidos, con actores disfrazados que se cruzan y esqueletos de goma que caen a su paso. Detrás de la puerta de un falso castillo en ruinas, se forma a su alrededor una débil niebla que crece hasta que apenas pueden ver hacia dónde dirigir sus pasos. La temperatura desciende, un potente foco ciega sus ojos, siente unas manos que le empujan hasta perder el equilibrio y después le golpean amenazantes. Se extraña del realismo de los golpes, ya dolorosos. El recorrido se prolonga en exceso, la niebla se hace más densa y fría, cuando siente un golpe punzante en el costado. Siguen otros en la espalda, en los brazos y las piernas. Chilla de dolor, confundido, y se afana por esconder a su hijo de las cuchilladas y acelerar el paso sin tropezar con los obstáculos invisibles. Siente la sangre húmeda resbalar por su cuerpo, un objeto contundente le hiere el pecho y casi cae, pero se repone con esfuerzo y continúa, pensando en escapar de esta absurda situación sin que su hijo sufra. Empuja sin fuerza la puerta de salida y se desmorona mortalmente malherido mientras contempla la luz del día y al niño que corre frenético para entrar de nuevo, ahora solo, en la siguiente puerta del túnel del misterio.


lunes, 2 de noviembre de 2015

Parálisis

Cada mañana descorren las cortinas y abren la ventana para que penetren la luz y el aire. En las asépticas paredes blancas se adivinan los lugares en que una vez colgaron cuadros y el polvo acumulado en los rincones. Los enfermeros entran y salen con pasos rápidos y nerviosos, cargados de fármacos y tablillas donde anotan horarios y dosis. Él permanece en silencio, apenas se mueve, paralizado, su cuerpo no distingue el frío del calor, la mañana de la tarde, pero sabe bien cuándo llega la noche y los seres infernales que aparecen con ella. Comienza con un sudor copioso, unos ligeros temblores en aumento, la respiración agitada y la sensación de angustia. Cada pequeño ruido, cada luz que se apaga, cada susurro lejano es una señal de que ya se acercan. Un olor nauseabundo se extiende por los pasillos hasta entrar en el cuarto. Lo conoce bien, conoce el terror que se aproxima, las pisadas babosas que se deslizan, las voces fantasmales, las manos asquerosas que empujan la puerta. Siente su presencia alrededor, intuye sus ojos desorbitados, las figuras angulosas y desproporcionadas. Quisiera ocultarse, pero no puede. Quisiera echar a correr, pero no puede. Quisiera chillar, quisiera despertar de su angustiosa pesadilla, pero sabe que no es un sueño, sabe que ellos lo alcanzarán de nuevo, desgarrarán su piel como afilados cuchillos, atravesarán su cuerpo como gusanos hambrientos, hasta que pase la noche y no quede en él más que el terrible recuerdo y la incurable locura. Cada mañana descorren las cortinas y abren la ventana para que penetren la luz y el aire. Ignorantes o cómplices, los enfermeros le incorporan para el aseo diario. Él gimotea y contempla las sombras que cruzan dentro del espejo.