miércoles, 6 de enero de 2016

Despierta

Sueña el olor de la anestesia y un foco que arroja sobre sus ojos una luz intensa. Los cirujanos hablan entre sí con palabras que no escucha, aunque adivina en ellas los nervios y el rápido intercambio de instrumentos. La operación es difícil. Puede sentir las manos que entran en su cuerpo y el sonido lento de sus constantes vitales en los monitores de control. Cuando el pitido se vuelve constante, siente las descargas eléctricas, los esfuerzos de la reanimación, la desesperación de los doctores. Reconoce con claridad la voz que dictamina la hora de su muerte, las tres treinta de la madrugada, el día no importa. Nota el traslado de su cuerpo a una camilla que sale bruscamente del quirófano, una de las ruedas se atasca y la camilla tiembla en intervalos regulares. La sala principal del depósito de cadáveres es fría, pero no le resulta incómoda. Completamente inmóvil, una sábana le cubre el cuerpo y el rostro. Los asistentes comentan asuntos banales que no le incumben, ríen, después se alejan y apagan la luz. Está sola, presiente a su alrededor otros cuerpos como el suyo. Intenta incorporarse, intenta hablar. Las ideas se suceden atropelladamente, piensa en su familia, en sus amigos, en los médicos, en cosas que olvida con rapidez. Espera que en cualquier momento alguien se dé cuenta e intenten reanimarla una vez más, pero nadie llega. Después de un tiempo que no es capaz de estimar, introducen su cuerpo en un féretro de fieltro suave, cierran la tapa, la oscuridad es total y falta el aire. Siente cómo trasladan la caja, la cargan y la descargan no sabe cuántas veces. Escucha un ruido sordo y piensa que la están metiendo en algún nicho del cementerio local. Desea despertar antes de que todo acabe. Escucha cómo tapian el nicho, ya no llegan voces ni sonidos del exterior. Desea despertar antes de que todo acabe. Desea con todas sus fuerzas incorporarse y abrir la caja. Por fin, despierta del sueño sólo para comprobar que no es un sueño. Aterrorizada, mueve los músculos entumecidos, siente el latido de su corazón y el hormigueo de la sangre que recorre su cuerpo. Respira profundamente e intenta incorporarse. Ahora sí, chilla y se retuerce angustiada.


La caza

Encuentra un papel bajo su puerta con un extraño aviso. Antes de que pueda terminar de leerlo, el papel está en blanco. Quién dejó el papel y quién lo ha borrado son preguntas que no tienen una misma respuesta. Comienza la caza y el delirio. Sale a la calle. Observa si los rostros semiocultos en el interior de los coches le vigilan. Se detiene en los portales y espera a que todos pasen sin ser consciente de la medida del tiempo. Sentado en el metro, alguien le mira al otro lado del cristal. Choca con un vagabundo harapiento, el viejo se disculpa y le llama por su nombre. Antes de reaccionar, descubre en su bolsillo una nota con una dirección, pero no recuerda haberla puesto allí ni reconoce la letra. Acude al lugar, todo parece extrañamente tranquilo. Habla con un policía que no le hace caso, todos le miran y hablan en voz baja con gestos cómplices. Sentado en un parque, siente que una mano se posa en su hombro, pero es de noche y no hay nadie alrededor. Camina entre las sombras de vuelta a casa, y las sombras se mueven. Sube la escalera con rapidez y se cruza con vecinos que ríen y saludan como si supieran algo que él desconoce. Se duerme, se desvela y guarda silencio para escuchar quién respira en la oscuridad. Encuentran su cuerpo sobre el sillón. Alguien le ha disparado por la espalda, pero sólo encuentran sus huellas en la pistola. Resulta sospechoso.