Llegan al parque una mañana otoñal de domingo. Él disfruta satisfecho de acompañar al hijo, con quien pasa poco tiempo; el niño está excitado con el vértigo feliz de las grandes ocasiones. Recorren las estrechas avenidas entre ruidos de sirenas y canciones, atrapados por el gentío, el despliegue multicolor de los tiovivos, el estruendo de las montañas rusas y el dulce olor del algodón de azúcar. Después de las atracciones convencionales, dejan atrás las zonas infantiles y compran dos entradas para el nuevo túnel del misterio. Las brujas de cartón piedra, las imágenes de vampiros y alienígenas son baratas y descuidadas, pero el disfraz de pez rana del feriante, con su cabeza de ojos saltones y sus extraños pies, está bien conseguido y resulta atemorizante. Caminan por un pasillo oscuro que se ilumina con falsos relámpagos, se asustan con su propia imagen descubierta en espejos escondidos, con actores disfrazados que se cruzan y esqueletos de goma que caen a su paso. Detrás de la puerta de un falso castillo en ruinas, se forma a su alrededor una débil niebla que crece hasta que apenas pueden ver hacia dónde dirigir sus pasos. La temperatura desciende, un potente foco ciega sus ojos, siente unas manos que le empujan hasta perder el equilibrio y después le golpean amenazantes. Se extraña del realismo de los golpes, ya dolorosos. El recorrido se prolonga en exceso, la niebla se hace más densa y fría, cuando siente un golpe punzante en el costado. Siguen otros en la espalda, en los brazos y las piernas. Chilla de dolor, confundido, y se afana por esconder a su hijo de las cuchilladas y acelerar el paso sin tropezar con los obstáculos invisibles. Siente la sangre húmeda resbalar por su cuerpo, un objeto contundente le hiere el pecho y casi cae, pero se repone con esfuerzo y continúa, pensando en escapar de esta absurda situación sin que su hijo sufra. Empuja sin fuerza la puerta de salida y se desmorona mortalmente malherido mientras contempla la luz del día y al niño que corre frenético para entrar de nuevo, ahora solo, en la siguiente puerta del túnel del misterio.
martes, 10 de noviembre de 2015
lunes, 2 de noviembre de 2015
Parálisis
Cada mañana descorren las cortinas y abren la ventana para
que penetren la luz y el aire. En las asépticas paredes blancas se adivinan los
lugares en que una vez colgaron cuadros y el polvo acumulado en los rincones.
Los enfermeros entran y salen con pasos rápidos y nerviosos, cargados de
fármacos y tablillas donde anotan horarios y dosis. Él permanece en silencio,
apenas se mueve, paralizado, su cuerpo no distingue el frío del calor, la
mañana de la tarde, pero sabe bien cuándo llega la noche y los seres infernales
que aparecen con ella. Comienza con un sudor copioso, unos ligeros temblores en
aumento, la respiración agitada y la sensación de angustia. Cada pequeño ruido,
cada luz que se apaga, cada susurro lejano es una señal de que ya se acercan.
Un olor nauseabundo se extiende por los pasillos hasta entrar en el cuarto. Lo
conoce bien, conoce el terror que se aproxima, las pisadas babosas que se
deslizan, las voces fantasmales, las manos asquerosas que empujan la puerta.
Siente su presencia alrededor, intuye sus ojos desorbitados, las figuras
angulosas y desproporcionadas. Quisiera ocultarse, pero no puede. Quisiera
echar a correr, pero no puede. Quisiera chillar, quisiera despertar de su
angustiosa pesadilla, pero sabe que no es un sueño, sabe que ellos lo
alcanzarán de nuevo, desgarrarán su piel como afilados cuchillos, atravesarán
su cuerpo como gusanos hambrientos, hasta que pase la noche y no quede en él
más que el terrible recuerdo y la incurable locura. Cada mañana descorren las
cortinas y abren la ventana para que penetren la luz y el aire. Ignorantes o
cómplices, los enfermeros le incorporan para el aseo diario. Él gimotea y contempla
las sombras que cruzan dentro del espejo.
viernes, 23 de octubre de 2015
La llave
Recorre las habitaciones de la mansión varias veces al día. Es un trabajo concienzudo que requiere seriedad y un orden estricto, desde las buhardillas hasta los sótanos, cada ala del edificio, las cocinas, las despensas, los cuartos de los señores, de los niños, del servicio. Revisa que las habitaciones estén en orden, las ventanas cerradas, comprueba que ningún incidente pueda causar perjuicios a la casa, y después echa las llaves hasta la siguiente ronda. El pesado manojo cuelga en su cinturón. Camina despacio, exageradamente erguido, adusto, con ademán serio y frío que no invita a la conversación ni a la confianza. Al llegar la noche, separa las llaves meditando combinaciones distintas, limpia la herrumbre y las engarza de nuevo con precisión matemática, cada llave en su lugar, cada lugar acordado en el orden preciso del llavero. Sólo queda en la mesa una pequeña llave de cobre, la única que no abre ninguna puerta que conozca. Cada mañana vuelve al recorrido por los pasillos en penumbra, silencioso, obsesionado con el lugar que nunca encuentra, con el misterio que encierra, sin duda peligroso. Reinicia la rutina sin descanso, sube y baja escaleras de todos los tamaños interminablemente, abre y cierra las puertas con firmeza, los portazos retumban en los salones con ecos tenebrosos que insinúan voces y muebles que se mueven. Así pasan los días, los años, las décadas sin memoria, espectro infecundo, ansiando encontrar el cuarto donde espera el cadáver que fue, o el que será cuando por fin descanse.
viernes, 16 de octubre de 2015
El veneno
No quiere llamar la atención de nadie. Guarda el frasco bien disimulado entre los tarros de la despensa, allí donde sólo ella acostumbra a tocar. Las molestias comienzan con la quinta dosis, un suave tono púrpura asoma a las mejillas con la décima, los ojos se hunden en sus cuencas progresivamente. No hay un motivo especial. En todas las familias, la rutina, las disputas y ciertas dificultades minan las relaciones y el deseo de continuar. Ella decide que la salida de esta situación debe ser definitiva y, aunque resulte macabro, obtiene cierto placer en contemplar el prolongado sufrimiento y descifrar los signos en el rostro, en la musculatura, en el silencioso malestar interno. Experimenta con los modos de administrar el veneno, consulta libros antiguos, tratados de medicina, combina sabores y especias, calcula las proporciones y anota los resultados en un cuaderno que oculta entre sus enseres. El primer efecto se produce en los perros, que mueren de un colapso repentino y son enterrados en el jardín. Les siguen el abuelo, su padre, y uno de sus hijos, que siempre dio muestras de una salud delicada y enfermiza. Su marido agoniza largos días hasta que fallece con una mezcla desagradable de vómitos y hemorragias. El resto de los hijos aguantan algo más, el dolor es desigual e imprevisible. Ella es la última con vida. Antes de perderla, reúne a familiares y amigos en un velorio sincero y bien planificado. Prepara infusiones y pequeños tentempiés, compra licores, copas y cubiertos, guisa carnes y pescados discretos y sustanciosos, mezclando sabiamente las dosis adecuadas en cada uno de los platos y las bebidas. Caerán todos en cuestión de horas, no más de una noche. Sólo espera tener fuerzas para organizar la casa, colocar los cuerpos dignamente y apreciar su obra terminada.
miércoles, 7 de octubre de 2015
El tren
Prepara cuidadosamente el viaje, la ropa que necesita, algunas lecturas, una comida frugal. Palpa en el bolsillo la carta de recomendación que le abrirá la puerta para un buen trabajo en su nueva ciudad. La estación es ruidosa y desorganizada, pero el tren es limpio, los vagones espaciosos y los pasajeros elegantes, incluso distinguidos. Toma una manta, se acomoda junto a la ventanilla y se deja dormir. Cuando abre los ojos, observa los extraños adornos del compartimento, fotografías ajadas de paisajes boscosos, lúgubres caserones señoriales, nombres escritos con caracteres que no comprende. Las paredes enteladas están oscurecidas, las bombillas iluminan con debilidad, y el aire señorial, ahora se le antoja decadente. La luz del día que amanece indica que se dirigen hacia el este. No reconoce las montañas que el tren atraviesa, aunque no es la primera vez que realiza el viaje. Inquieto, sale al pasillo y observa a los viajeros que comparten el vagón. Le ignoran silenciosos con ojos resignados e inexpresivos. Recorre numerosos vagones que repiten la escena multiplicada en las formas y en el aspecto empeorado. Unas ratas roen restos de comida junto a un viajero inmóvil, de las oscuras esquinas asoman arañas que recorren velozmente las paredes, hay cuerpos arrinconados bajo los asientos, el olor es cada vez más intenso, pestilente cuando salta de un vagón a otro sobre el estruendo de los raíles. Después de mucho andar, incomprensiblemente, llega de nuevo a su compartimento, o a uno que resulta ser exactamente igual, aunque distinto. El revisor espera. Toman asiento y comprueban el billete. Todo ha sido una terrible confusión, el tren equivocado. Quisiera escapar, pero este tren sólo realiza el trayecto de ida, un tren fantasmal que camina a un destino que nunca alcanza y del que no se puede regresar, donde los cuerpos y las almas viven una muerte interminable y lenta. El silbato penetrante de la máquina y la tremenda carcajada del revisor crujen dentro de su cabeza hasta el dolor y la locura. Bienvenido a bordo, ha comenzado usted el último viaje.
miércoles, 30 de septiembre de 2015
El enfermo
Sabe que el final se acerca. La medicación le mantiene sin
traspasar por completo el umbral de la vigilia y ya no siente el dolor agudo.
Médicos y visitantes entran y salen sin permiso, él apenas atiende a las
conversaciones. Ellos susurran desatentos tópicos sobre la muerte, la
resignación, el descanso final. Sus voces son tan irreales como ellos mismos.
Cierta noche, en el silencio de las máquinas que le conservan con vida, un médico
desconocido ojea su ficha, toma su pulso e, inesperadamente, se sienta a su
lado y le habla. No reconoce el idioma, pero la música de sus frases lo cautiva
y entiende que se trata de un aviso. Al mirarlo fijamente, siente un
estremecimiento: el rostro cadavérico, las cuencas hundidas de los ojos, los
labios fuertemente agrietados, el vello amarillento, el intenso aliento no
parecen los de una persona normal. Las palabras se elevan y finalizan en un
desagradable alarido. Siente cómo su cuerpo se desentiende de la cama y es
literalmente engullido por el falso médico convertido en figura espectral. Despierta
sudoroso con el sol en el rostro. El desconocido vuelve cada noche, entona su
salmodia y acaba devorando el cuerpo volátil. Despierta aún muchas veces, cada
vez más debilitado, más dependiente de las atenciones médicas. Los pocos
visitantes ya no se acercan, y le miran desde lejos con horror no disimulado. El
sueño se reproduce continuamente sin distinguir el día de la noche, la mañana
de la tarde, las horas o los minutos. Durante un lapso de conciencia, alcanza a
mirar su reflejo desvaído en una jarra de cristal, pero ya no es él quien le
devuelve la mirada, sino el otro, el rostro terrible y cadavérico del
insistente sueño. Con ánimo inesperado, se incorpora, se calza y echa a andar
por los pasillos. Ahora es él quien lleva el aviso para el siguiente, el rostro
de la muerte que engulle los restos de vida a los que se aferran los demás enfermos.
viernes, 25 de septiembre de 2015
El niño
Esconde el embarazo durante los primeros meses cambiando algunos hábitos de vida. Ingenia algunas mentiras de las que no se desvía. Los cambios generan dudas entre los demás, pero no pueden ser confirmadas, y pronto se olvidan con las nuevas habladurías del vecindario. Cuando nace, lo esconde en el sótano de la casa. Tapa su boca para que no chille, le ata durante el día para que no llame la atención, le droga para que no haga ruido cuando alguien llega. Aislado del mundo y de los hombres, crece como un salvaje asustado y agresivo, con la piel deformada por infecciones no curadas, la respiración enferma por la humedad y el polvo, entumecido por la falta de movimiento. Su madre decide que debe tener compañía, así que busca entre los niños del lugar, escoge a un pequeño débil y solitario, lo espera al caer de una tarde, lo roba con presteza y lo encierra en el sótano con su hijo. Durante algunas horas, el niño llora y se escuchan golpes y bufidos antes de que el silencio vuelva a su ser. Repite el robo un tiempo después, y otra vez más tarde, hasta que olvida el número de niños robados y el olor que asciende debe ser apagado con perfumes intensos, lejías y aguafuertes. Los rumores aumentan con las sospechas, la mujer huraña y esquiva empieza a ser increpada en público. El siguiente robo enciende la cólera y los ánimos se desbordan. Los más decididos asaltan la casa encabezando una turba, apartan violentamente a la madre y descienden al sótano. El olor de los cuerpos muertos desperdigados es insoportable, la visión de la carne medio devorada es un infierno que todos querrían olvidar. Encuentran a la criatura y lo arrinconan. De movimientos torpes, gruñidos desagradables, andrajoso y sucio, en la semioscuridad, es un animal monstruoso que no despierta más sentimientos que el asco, el terror y la ira incontrolable. La madre muere bajo una confusa maraña de manos nerviosas. Incendian el lugar para abandonarlo cuanto antes. Mientras huyen, en los ojos desencajados de la criatura, algo de humano se intuye entre el miedo salvaje y los horrorosos chillidos de dolor.
miércoles, 23 de septiembre de 2015
La casa
El vendedor nunca habló de los extraños sucesos que todo el vecindario conoce, de los ruidos apagados, de las luces y sombras que se intuyen tras las ventanas. Realizan la mudanza con la ilusión de una nueva vida y el cansancio de limpiar techos y sótanos, de mover muebles y libros que tardan en encontrar acomodo. Las paredes necesitan pintura, las escaleras ceden en algún peldaño, hay que atajar humedades superficiales, pero el conjunto es acogedor, espacioso y cálido. Quizá la distribución de las piezas es algo peculiar, y tienen la sensación de andar demasiado para alcanzar cada parte de la casa. Nuevos ricos, un magnífico sueldo, una posición social desahogada, una casa con historia. Los acontecimientos se precipitan varios meses después. Él escucha a la mujer conversaciones secretas al fondo del pasillo, ella lo espía con discreción mal disimulada e interpreta en sus gestos una rabia callada y un desprecio silencioso, los niños se muestran ausentes, la menor rechaza la comida y, en su habitación, habla con voces no familiares, alguna de ellas susurrante o tenebrosa. En los espejos del pasillo y del baño, cuando la luz es tenue, se sienten observados por ojos que desaparecen entre las sombras. Si permanecen desvelados en el salón oscuro, ven cómo les miran penetrantes, fantasmales, listos para asaltarles. Un día lo comprenden, todo está claro. Es el otro el que se esconde, el que les roza en la oscuridad y desaparece, el que va armado con un cuchillo esperando un oportuno descuido. Es el otro el que inventa ruidos, el que corta los cables del teléfono, el que revuelve los cajones y cambia de lugar las fotografías. Es el otro el que ha perdido el juicio, el que quiere enloquecerles, el que no necesita excusas para acabar con todo, el que deja rastros de sangre en la escalera, bajo las sábanas, en las cortinas, junto a las muñecas de los niños. Todo el mundo espera el desenlace sin intervenir, una casa con historia necesita alimentarse de nuevos inquilinos, nada más, ellos son los siguientes.
lunes, 21 de septiembre de 2015
Mensaje en una botella
Cansado de una vida monótona y sin ilusiones, se embarca en un viaje por los mares del sur, famosos por sus cristalinas aguas, sus islas despobladas y sus terribles tormentas. En una noche del mes de diciembre, el barco naufraga víctima de un temporal y de la impericia de su tripulación. A duras penas, se aferra a los restos de un bote y alcanza una pequeña isla desierta después de varios días a la deriva, deshidratado y quemado por el sol. Dando muestras de habilidad, construye un refugio, recolecta frutos y raíces, caza pequeños animales y aprende a conservar el agua dulce de las lluvias del trópico. Durante las noches, el rugido de las bestias amenaza su sueño, imagina el terrible aspecto del animal que lo produce y tiembla al pensar en el tamaño de sus dentelladas. Cierto día, encuentra una botella traída por las olas. Escribe un breve mensaje sobre un trozo de tela, lo introduce en la botella y la devuelve al mar, pidiendo socorro a quien lo encuentre, sabedor de que, cuando más tiempo sobreviva, mayor será la desesperación de su soledad interminable. Pasan los años, el náufrago sobrevive y olvida el mensaje a la par que su idioma y las maneras civilizadas. En una incursión sobre las rocas en busca de pequeños peces y crustáceos, en un caluroso atardecer, encuentra la botella que una vez arrojó al mar, aunque no la reconoce, pues, en el tiempo del solitario, todo ha sido ya vivido y olvidado. Apenas puede leer las palabras e imagina que, antes de rendirse, un náufrago como él debió arrojarla buscando ayuda. Se arma de valor, construye una frágil balsa de troncos y lianas, carga con algunos alimentos y se embarca en busca del náufrago que escribió el mensaje. Navega durante días hasta que, sin agua ni alimento, confuso por la insolación, llega a una pequeña isla donde se adivinan los restos de una presencia humana, su propio refugio semioculto entre los árboles y las rocas. Ciego de alegría y esperanza, se encamina sin precaución dejando atrás la orilla. Una terrible bestia acecha en las sombras, el hedor de su abundante saliva, sus ojos exorbitados, anuncian que, esta noche, sus crías comerán carne.
viernes, 18 de septiembre de 2015
El viejo a solas
Tiene noventa y tres años, conserva parte de sus fuerzas, el
peso de la edad y sus dolencias no le impiden valerse por sí mismo para vivir
solo. Los momentos de lucidez son frecuentes, si bien, parte del tiempo no es sino
los restos de un naufragio, un animal inconsciente que deambula por las
habitaciones o dormita entre una cama ruidosa y un sillón que aún
conserva algo de la elegancia que tuvo. Su tarea principal, aparte de seguir
vivo, es coleccionar imágenes del pasado, fotografías que ha reunido de aquí y
allá, recortes de periódicos, contraportadas de libros, álbumes familiares.
Todos los que un día conoció han fallecido o nadie sabe de ellos, pronto habrán
muerto también. La vida y la muerte son verdades difíciles de entender, motivos
sin razón, preguntas sin respuesta. Él no hace preguntas, no quiere saber, no
ansía el recuerdo ni aprecia la memoria, no le importa la fama o la herencia, nada dejará cuando muera, nada llevará consigo. En su senil inteligencia,
simplemente colecciona imágenes que recorta con cuidado y ordena con criterios
que ya no comprende. En cada objeto de la casa cuelga la fotografía gastada de
alguien que murió, en cada mueble, en los pasillos y los rincones, las lámparas
y las estanterías, hasta formar un complicado laberinto de recuerdos cuyos
caminos ha olvidado, el mapa de una biografía cuyo significado se ha perdido, un
lapidario, las estampas alucinadas de un cementerio sin visitantes, flores ni oraciones.
Cuando el mapa esté completo, cuando todos los objetos hayan encontrado su
lugar en el pasado y la demencia haya borrado el último rincón de su memoria, se
sentará a esperar que alguien lo convierta en fotografía. Honra a sus difuntos
del único modo posible, esperando a convertirse en uno de ellos.
jueves, 17 de septiembre de 2015
El olvido
Quizá sea el licor con sabor a tierra y cartón, algo que ha comido en mal estado, quizá las incomprensibles palabras de una camarera vieja, algo como no te olvidarás de este día que ya es sólo un recuerdo confuso en medio de una alucinación, una borrachera, o ambas cosas. La primera mañana olvida dónde ha puesto las zapatillas y el cepillo de dientes, que siempre están en el mismo sitio bien ordenados. Sin darle importancia, se viste con los pies descalzos y deja el aseo bucal para más tarde. Esa misma noche, algo en su rostro le resulta ajeno, unas arrugas o la forma de los labios, como si no fueran parte de su cara, sino de otra persona. Al día siguiente, la voz de sus hijos le suena extraña, no entiende alguna de sus expresiones, piensa que debe ser un nuevo argot de patio de colegio o de algún videojuego oriental. Afuera, alguien le pregunta amablemente por una dirección, pero no recuerda el nombre de las calles a pesar de su usual buena orientación. En la cafetería, mientras almuerza, da las gracias en un idioma que no conoce, todos le miran sorprendidos y bromean con su nueva habilidad para imitar voces diferentes a la suya. Día a día, olvida más y más cosas. No recuerda los compromisos de su agenda, ni le resultan familiares las personas que le reprochan sus olvidos. Alguien le llama por la calle, pero no reconoce su propio nombre. Tampoco reconoce el nombre de su mujer y de sus hijos, quienes le miran con preocupación como si se tratara de un completo extraño. Decide acudir a un médico especialista, pero se encuentra de repente parado en un cruce de calles sin saber cómo ha llegado hasta allí ni hacia dónde debe dirigirse. Progresivamente, olvida todo, cómo se hacen las cosas más rutinarias, los rudimentos del idioma, el significado de las señales y los carteles, los mínimos gestos de cariño. Ahora reside en una habitación sencilla y luminosa con vistas a la zona industrial de la ciudad, aunque no sabe dónde está, qué hace allí, quién es. Ya no puede plantearse preguntas. Sumido en un largo silencio, permanece quieto, sentado ante el cristal, imaginando la mirada de una camarera vieja en una noche confusa en la bruma de una alucinación, una borrachera, o ambas cosas.
El escritor
Un escritor mediocre que no confía en lograr reconocimiento por su trabajo sueña una noche con un libro misterioso y antiguo que se escribe solo. El sueño tiene
el indefinido sabor de una pesadilla difícil de contar. En la confusa visión,
sólo tiene que apoyar la pluma y completar las palabras que van apareciendo
sobre el papel. Asombrado con el hallazgo, se deja llevar y escribe un relato
que, a la mañana siguiente, está finalizado sobre su mesa. El argumento es
sencillo, pero de una veracidad estremecedora que roza lo espantoso. Un
conocido editor gusta del resultado y lo compra convencido de que tendrá el
favor del público. El escritor ansía la llegada de cada noche en espera de que
el sueño se repita, lo cual sucede en numerosas ocasiones, todas las cuales
finalizan con un nuevo texto disponible en su escritorio al despertar, otro éxito
comercial que, al cabo de un tiempo, le granjean el deseado reconocimiento.
Para no desmerecer su nueva fama, no confiesa a nadie el origen de los relatos,
ni el precio de tener que revivir la pesadilla nocturna de la escritura. Una
noche, mientras da forma a las palabras que dicta el libro, comprueba que, en
esta ocasión, el argumento trata sobre un escritor que es él mismo. La historia
se encamina ante sus ojos hacia un trágico final donde encontrará una muerte
terrible e interminable, convertido en la pesadilla que otro escritor deberá
completar innumerables veces. En el delirio nocturno y sudoroso, preso de la
curiosidad por el desenlace, continúa hasta finalizar el relato y comprobar que
no es la primera víctima, ni será la última, de un libro que asesina en sueños,
cuyo título nunca ha sido escrito. Al amanecer, el nuevo texto está terminado
sobre su mesa, mientras su cuerpo yace junto al ventanal en el aire frío de la
mañana.
La bañera
Quien tiene el alma limpia desconoce el rencor y el desaliento, comprende que los designios de la vida son azarosos y que una persona sólo puede ser responsable de su dignidad, empeñar su inteligencia o sus fuerzas sin más pretensión que dejar el recuerdo de un buen nombre. Poco importan los planes, las ensoñaciones, la ambición o los trabajos. Hay quien forjó su dicha en el infortunio, y quien sufrió un trágico destino sin hacer nada para merecerlo. Nadie es culpable de nada, nadie debe ser censurado por estar vivo, ni alabado por un éxito o un fracaso que, las más de las veces, sólo dependen de circunstancias ajenas y conjunciones extrañas. Todos tienen derecho al miedo y al respeto.
En el verano del veintidós, muchos se maravillaron por la ocurrencia de sucesos que todavía hoy resultan inexplicables. Un hombre mató a sus vecinos porque el olor resultaba insoportable; los hospitales recibieron enfermos de una fiebre que oscurecía la piel y crecía el vello del rostro como el de un animal salvaje; bandadas de pájaros anidaron en los tejados y los árboles, y en sus chillidos se adivinaban palabras y sortilegios; el agua de los estanques se oscureció con insectos que se multiplican en las ciénagas y los remansos podres; hubo madres que abandonaron a sus hijos por el temor de un virus terrible al que no sabían dar nombre ni solución. Algunos interpretaron estos y otros casos como presagios de una catástrofe inminente, pero nada especial sucedió en los años posteriores que les diera la razón. Algunos se burlaron, y aumentó el número de los que hicieron fortunas fabulosas.
Supimos de un hombre bueno que aquel año conoció desgracias lamentables en su familia y sus allegados. Perdió a muchos por causas no comunes, y los demás le abandonaron sin que pueda sospecharse de pactos secretos o conjuras vergonzosas. Sabemos que anotó con cuidado el nombre de los pocos que le importaban, y que los visitó uno por uno para renovar su amistad y comprobar que estaban en paz; que recogió las habitaciones de su casa, ordenó sus armarios y sus libros, y dispuso con mimo flores naturales en los pasillos y las estanterías; que, al pie de la bañera colmada de agua, colocó con obsesiva simetría una silla en la que colgó sus ropas bien dobladas, y que se sumergió sin violencia en un baño tibio del que ya no salió con vida. Cuando lo encontraron, días después, aún su rostro conservaba la placidez del sueño tranquilo.
Nadie sabe cuál será su reacción en el momento último. También se conoce a un hombre en las situaciones más terribles de la vida. Por eso, entre los condenados y quienes mueren en el frente, se encuentran casos de una inútil valentía o de una flaqueza lastimosa.
Todos tienen derecho al miedo y al respeto.
En el verano del veintidós, muchos se maravillaron por la ocurrencia de sucesos que todavía hoy resultan inexplicables. Un hombre mató a sus vecinos porque el olor resultaba insoportable; los hospitales recibieron enfermos de una fiebre que oscurecía la piel y crecía el vello del rostro como el de un animal salvaje; bandadas de pájaros anidaron en los tejados y los árboles, y en sus chillidos se adivinaban palabras y sortilegios; el agua de los estanques se oscureció con insectos que se multiplican en las ciénagas y los remansos podres; hubo madres que abandonaron a sus hijos por el temor de un virus terrible al que no sabían dar nombre ni solución. Algunos interpretaron estos y otros casos como presagios de una catástrofe inminente, pero nada especial sucedió en los años posteriores que les diera la razón. Algunos se burlaron, y aumentó el número de los que hicieron fortunas fabulosas.
Supimos de un hombre bueno que aquel año conoció desgracias lamentables en su familia y sus allegados. Perdió a muchos por causas no comunes, y los demás le abandonaron sin que pueda sospecharse de pactos secretos o conjuras vergonzosas. Sabemos que anotó con cuidado el nombre de los pocos que le importaban, y que los visitó uno por uno para renovar su amistad y comprobar que estaban en paz; que recogió las habitaciones de su casa, ordenó sus armarios y sus libros, y dispuso con mimo flores naturales en los pasillos y las estanterías; que, al pie de la bañera colmada de agua, colocó con obsesiva simetría una silla en la que colgó sus ropas bien dobladas, y que se sumergió sin violencia en un baño tibio del que ya no salió con vida. Cuando lo encontraron, días después, aún su rostro conservaba la placidez del sueño tranquilo.
Nadie sabe cuál será su reacción en el momento último. También se conoce a un hombre en las situaciones más terribles de la vida. Por eso, entre los condenados y quienes mueren en el frente, se encuentran casos de una inútil valentía o de una flaqueza lastimosa.
Todos tienen derecho al miedo y al respeto.
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