miércoles, 30 de septiembre de 2015

El enfermo

Sabe que el final se acerca. La medicación le mantiene sin traspasar por completo el umbral de la vigilia y ya no siente el dolor agudo. Médicos y visitantes entran y salen sin permiso, él apenas atiende a las conversaciones. Ellos susurran desatentos tópicos sobre la muerte, la resignación, el descanso final. Sus voces son tan irreales como ellos mismos. Cierta noche, en el silencio de las máquinas que le conservan con vida, un médico desconocido ojea su ficha, toma su pulso e, inesperadamente, se sienta a su lado y le habla. No reconoce el idioma, pero la música de sus frases lo cautiva y entiende que se trata de un aviso. Al mirarlo fijamente, siente un estremecimiento: el rostro cadavérico, las cuencas hundidas de los ojos, los labios fuertemente agrietados, el vello amarillento, el intenso aliento no parecen los de una persona normal. Las palabras se elevan y finalizan en un desagradable alarido. Siente cómo su cuerpo se desentiende de la cama y es literalmente engullido por el falso médico convertido en figura espectral. Despierta sudoroso con el sol en el rostro. El desconocido vuelve cada noche, entona su salmodia y acaba devorando el cuerpo volátil. Despierta aún muchas veces, cada vez más debilitado, más dependiente de las atenciones médicas. Los pocos visitantes ya no se acercan, y le miran desde lejos con horror no disimulado. El sueño se reproduce continuamente sin distinguir el día de la noche, la mañana de la tarde, las horas o los minutos. Durante un lapso de conciencia, alcanza a mirar su reflejo desvaído en una jarra de cristal, pero ya no es él quien le devuelve la mirada, sino el otro, el rostro terrible y cadavérico del insistente sueño. Con ánimo inesperado, se incorpora, se calza y echa a andar por los pasillos. Ahora es él quien lleva el aviso para el siguiente, el rostro de la muerte que engulle los restos de vida a los que se aferran los demás enfermos.