Sabe que el final se acerca. La medicación le mantiene sin
traspasar por completo el umbral de la vigilia y ya no siente el dolor agudo.
Médicos y visitantes entran y salen sin permiso, él apenas atiende a las
conversaciones. Ellos susurran desatentos tópicos sobre la muerte, la
resignación, el descanso final. Sus voces son tan irreales como ellos mismos.
Cierta noche, en el silencio de las máquinas que le conservan con vida, un médico
desconocido ojea su ficha, toma su pulso e, inesperadamente, se sienta a su
lado y le habla. No reconoce el idioma, pero la música de sus frases lo cautiva
y entiende que se trata de un aviso. Al mirarlo fijamente, siente un
estremecimiento: el rostro cadavérico, las cuencas hundidas de los ojos, los
labios fuertemente agrietados, el vello amarillento, el intenso aliento no
parecen los de una persona normal. Las palabras se elevan y finalizan en un
desagradable alarido. Siente cómo su cuerpo se desentiende de la cama y es
literalmente engullido por el falso médico convertido en figura espectral. Despierta
sudoroso con el sol en el rostro. El desconocido vuelve cada noche, entona su
salmodia y acaba devorando el cuerpo volátil. Despierta aún muchas veces, cada
vez más debilitado, más dependiente de las atenciones médicas. Los pocos
visitantes ya no se acercan, y le miran desde lejos con horror no disimulado. El
sueño se reproduce continuamente sin distinguir el día de la noche, la mañana
de la tarde, las horas o los minutos. Durante un lapso de conciencia, alcanza a
mirar su reflejo desvaído en una jarra de cristal, pero ya no es él quien le
devuelve la mirada, sino el otro, el rostro terrible y cadavérico del
insistente sueño. Con ánimo inesperado, se incorpora, se calza y echa a andar
por los pasillos. Ahora es él quien lleva el aviso para el siguiente, el rostro
de la muerte que engulle los restos de vida a los que se aferran los demás enfermos.