Tiene noventa y tres años, conserva parte de sus fuerzas, el
peso de la edad y sus dolencias no le impiden valerse por sí mismo para vivir
solo. Los momentos de lucidez son frecuentes, si bien, parte del tiempo no es sino
los restos de un naufragio, un animal inconsciente que deambula por las
habitaciones o dormita entre una cama ruidosa y un sillón que aún
conserva algo de la elegancia que tuvo. Su tarea principal, aparte de seguir
vivo, es coleccionar imágenes del pasado, fotografías que ha reunido de aquí y
allá, recortes de periódicos, contraportadas de libros, álbumes familiares.
Todos los que un día conoció han fallecido o nadie sabe de ellos, pronto habrán
muerto también. La vida y la muerte son verdades difíciles de entender, motivos
sin razón, preguntas sin respuesta. Él no hace preguntas, no quiere saber, no
ansía el recuerdo ni aprecia la memoria, no le importa la fama o la herencia, nada dejará cuando muera, nada llevará consigo. En su senil inteligencia,
simplemente colecciona imágenes que recorta con cuidado y ordena con criterios
que ya no comprende. En cada objeto de la casa cuelga la fotografía gastada de
alguien que murió, en cada mueble, en los pasillos y los rincones, las lámparas
y las estanterías, hasta formar un complicado laberinto de recuerdos cuyos
caminos ha olvidado, el mapa de una biografía cuyo significado se ha perdido, un
lapidario, las estampas alucinadas de un cementerio sin visitantes, flores ni oraciones.
Cuando el mapa esté completo, cuando todos los objetos hayan encontrado su
lugar en el pasado y la demencia haya borrado el último rincón de su memoria, se
sentará a esperar que alguien lo convierta en fotografía. Honra a sus difuntos
del único modo posible, esperando a convertirse en uno de ellos.