viernes, 25 de septiembre de 2015

El niño

Esconde el embarazo durante los primeros meses cambiando algunos hábitos de vida. Ingenia algunas mentiras de las que no se desvía. Los cambios generan dudas entre los demás, pero no pueden ser confirmadas, y pronto se olvidan con las nuevas habladurías del vecindario. Cuando nace, lo esconde en el sótano de la casa. Tapa su boca para que no chille, le ata durante el día para que no llame la atención, le droga para que no haga ruido cuando alguien llega. Aislado del mundo y de los hombres, crece como un salvaje asustado y agresivo, con la piel deformada por infecciones no curadas, la respiración enferma por la humedad y el polvo, entumecido por la falta de movimiento. Su madre decide que debe tener compañía, así que busca entre los niños del lugar, escoge a un pequeño débil y solitario, lo espera al caer de una tarde, lo roba con presteza y lo encierra en el sótano con su hijo. Durante algunas horas, el niño llora y se escuchan golpes y bufidos antes de que el silencio vuelva a su ser. Repite el robo un tiempo después, y otra vez más tarde, hasta que olvida el número de niños robados y el olor que asciende debe ser apagado con perfumes intensos, lejías y aguafuertes. Los rumores aumentan con las sospechas, la mujer huraña y esquiva empieza a ser increpada en público. El siguiente robo enciende la cólera y los ánimos se desbordan. Los más decididos asaltan la casa encabezando una turba, apartan violentamente a la madre y descienden al sótano. El olor de los cuerpos muertos desperdigados es insoportable, la visión de la carne medio devorada es un infierno que todos querrían olvidar. Encuentran a la criatura y lo arrinconan. De movimientos torpes, gruñidos desagradables, andrajoso y sucio, en la semioscuridad, es un animal monstruoso que no despierta más sentimientos que el asco, el terror y la ira incontrolable. La madre muere bajo una confusa maraña de manos nerviosas. Incendian el lugar para abandonarlo cuanto antes. Mientras huyen, en los ojos desencajados de la criatura, algo de humano se intuye entre el miedo salvaje y los horrorosos chillidos de dolor.