Quizá sea el licor con sabor a tierra y cartón, algo que ha comido en mal estado, quizá las incomprensibles palabras de una camarera vieja, algo como no te olvidarás de este día que ya es sólo un recuerdo confuso en medio de una alucinación, una borrachera, o ambas cosas. La primera mañana olvida dónde ha puesto las zapatillas y el cepillo de dientes, que siempre están en el mismo sitio bien ordenados. Sin darle importancia, se viste con los pies descalzos y deja el aseo bucal para más tarde. Esa misma noche, algo en su rostro le resulta ajeno, unas arrugas o la forma de los labios, como si no fueran parte de su cara, sino de otra persona. Al día siguiente, la voz de sus hijos le suena extraña, no entiende alguna de sus expresiones, piensa que debe ser un nuevo argot de patio de colegio o de algún videojuego oriental. Afuera, alguien le pregunta amablemente por una dirección, pero no recuerda el nombre de las calles a pesar de su usual buena orientación. En la cafetería, mientras almuerza, da las gracias en un idioma que no conoce, todos le miran sorprendidos y bromean con su nueva habilidad para imitar voces diferentes a la suya. Día a día, olvida más y más cosas. No recuerda los compromisos de su agenda, ni le resultan familiares las personas que le reprochan sus olvidos. Alguien le llama por la calle, pero no reconoce su propio nombre. Tampoco reconoce el nombre de su mujer y de sus hijos, quienes le miran con preocupación como si se tratara de un completo extraño. Decide acudir a un médico especialista, pero se encuentra de repente parado en un cruce de calles sin saber cómo ha llegado hasta allí ni hacia dónde debe dirigirse. Progresivamente, olvida todo, cómo se hacen las cosas más rutinarias, los rudimentos del idioma, el significado de las señales y los carteles, los mínimos gestos de cariño. Ahora reside en una habitación sencilla y luminosa con vistas a la zona industrial de la ciudad, aunque no sabe dónde está, qué hace allí, quién es. Ya no puede plantearse preguntas. Sumido en un largo silencio, permanece quieto, sentado ante el cristal, imaginando la mirada de una camarera vieja en una noche confusa en la bruma de una alucinación, una borrachera, o ambas cosas.