lunes, 21 de septiembre de 2015

Mensaje en una botella

Cansado de una vida monótona y sin ilusiones, se embarca en un viaje por los mares del sur, famosos por sus cristalinas aguas, sus islas despobladas y sus terribles tormentas. En una noche del mes de diciembre, el barco naufraga víctima de un temporal y de la impericia de su tripulación. A duras penas, se aferra a los restos de un bote y alcanza una pequeña isla desierta después de varios días a la deriva, deshidratado y quemado por el sol. Dando muestras de habilidad, construye un refugio, recolecta frutos y raíces, caza pequeños animales y aprende a conservar el agua dulce de las lluvias del trópico. Durante las noches, el rugido de las bestias amenaza su sueño, imagina el terrible aspecto del animal que lo produce y tiembla al pensar en el tamaño de sus dentelladas. Cierto día, encuentra una botella traída por las olas. Escribe un breve mensaje sobre un trozo de tela, lo introduce en la botella y la devuelve al mar, pidiendo socorro a quien lo encuentre, sabedor de que, cuando más tiempo sobreviva, mayor será la desesperación de su soledad interminable. Pasan los años, el náufrago sobrevive y olvida el mensaje a la par que su idioma y las maneras civilizadas. En una incursión sobre las rocas en busca de pequeños peces y crustáceos, en un caluroso atardecer, encuentra la botella que una vez arrojó al mar, aunque no la reconoce, pues, en el tiempo del solitario, todo ha sido ya vivido y olvidado. Apenas puede leer las palabras e imagina que, antes de rendirse, un náufrago como él debió arrojarla buscando ayuda. Se arma de valor, construye una frágil balsa de troncos y lianas, carga con algunos alimentos y se embarca en busca del náufrago que escribió el mensaje. Navega durante días hasta que, sin agua ni alimento, confuso por la insolación, llega a una pequeña isla donde se adivinan los restos de una presencia humana, su propio refugio semioculto entre los árboles y las rocas. Ciego de alegría y esperanza, se encamina sin precaución dejando atrás la orilla. Una terrible bestia acecha en las sombras, el hedor de su abundante saliva, sus ojos exorbitados, anuncian que, esta noche, sus crías comerán carne.