lunes, 2 de noviembre de 2015

Parálisis

Cada mañana descorren las cortinas y abren la ventana para que penetren la luz y el aire. En las asépticas paredes blancas se adivinan los lugares en que una vez colgaron cuadros y el polvo acumulado en los rincones. Los enfermeros entran y salen con pasos rápidos y nerviosos, cargados de fármacos y tablillas donde anotan horarios y dosis. Él permanece en silencio, apenas se mueve, paralizado, su cuerpo no distingue el frío del calor, la mañana de la tarde, pero sabe bien cuándo llega la noche y los seres infernales que aparecen con ella. Comienza con un sudor copioso, unos ligeros temblores en aumento, la respiración agitada y la sensación de angustia. Cada pequeño ruido, cada luz que se apaga, cada susurro lejano es una señal de que ya se acercan. Un olor nauseabundo se extiende por los pasillos hasta entrar en el cuarto. Lo conoce bien, conoce el terror que se aproxima, las pisadas babosas que se deslizan, las voces fantasmales, las manos asquerosas que empujan la puerta. Siente su presencia alrededor, intuye sus ojos desorbitados, las figuras angulosas y desproporcionadas. Quisiera ocultarse, pero no puede. Quisiera echar a correr, pero no puede. Quisiera chillar, quisiera despertar de su angustiosa pesadilla, pero sabe que no es un sueño, sabe que ellos lo alcanzarán de nuevo, desgarrarán su piel como afilados cuchillos, atravesarán su cuerpo como gusanos hambrientos, hasta que pase la noche y no quede en él más que el terrible recuerdo y la incurable locura. Cada mañana descorren las cortinas y abren la ventana para que penetren la luz y el aire. Ignorantes o cómplices, los enfermeros le incorporan para el aseo diario. Él gimotea y contempla las sombras que cruzan dentro del espejo.