Cada mañana descorren las cortinas y abren la ventana para
que penetren la luz y el aire. En las asépticas paredes blancas se adivinan los
lugares en que una vez colgaron cuadros y el polvo acumulado en los rincones.
Los enfermeros entran y salen con pasos rápidos y nerviosos, cargados de
fármacos y tablillas donde anotan horarios y dosis. Él permanece en silencio,
apenas se mueve, paralizado, su cuerpo no distingue el frío del calor, la
mañana de la tarde, pero sabe bien cuándo llega la noche y los seres infernales
que aparecen con ella. Comienza con un sudor copioso, unos ligeros temblores en
aumento, la respiración agitada y la sensación de angustia. Cada pequeño ruido,
cada luz que se apaga, cada susurro lejano es una señal de que ya se acercan.
Un olor nauseabundo se extiende por los pasillos hasta entrar en el cuarto. Lo
conoce bien, conoce el terror que se aproxima, las pisadas babosas que se
deslizan, las voces fantasmales, las manos asquerosas que empujan la puerta.
Siente su presencia alrededor, intuye sus ojos desorbitados, las figuras
angulosas y desproporcionadas. Quisiera ocultarse, pero no puede. Quisiera
echar a correr, pero no puede. Quisiera chillar, quisiera despertar de su
angustiosa pesadilla, pero sabe que no es un sueño, sabe que ellos lo
alcanzarán de nuevo, desgarrarán su piel como afilados cuchillos, atravesarán
su cuerpo como gusanos hambrientos, hasta que pase la noche y no quede en él
más que el terrible recuerdo y la incurable locura. Cada mañana descorren las
cortinas y abren la ventana para que penetren la luz y el aire. Ignorantes o
cómplices, los enfermeros le incorporan para el aseo diario. Él gimotea y contempla
las sombras que cruzan dentro del espejo.