Recorre las habitaciones de la mansión varias veces al día. Es un trabajo concienzudo que requiere seriedad y un orden estricto, desde las buhardillas hasta los sótanos, cada ala del edificio, las cocinas, las despensas, los cuartos de los señores, de los niños, del servicio. Revisa que las habitaciones estén en orden, las ventanas cerradas, comprueba que ningún incidente pueda causar perjuicios a la casa, y después echa las llaves hasta la siguiente ronda. El pesado manojo cuelga en su cinturón. Camina despacio, exageradamente erguido, adusto, con ademán serio y frío que no invita a la conversación ni a la confianza. Al llegar la noche, separa las llaves meditando combinaciones distintas, limpia la herrumbre y las engarza de nuevo con precisión matemática, cada llave en su lugar, cada lugar acordado en el orden preciso del llavero. Sólo queda en la mesa una pequeña llave de cobre, la única que no abre ninguna puerta que conozca. Cada mañana vuelve al recorrido por los pasillos en penumbra, silencioso, obsesionado con el lugar que nunca encuentra, con el misterio que encierra, sin duda peligroso. Reinicia la rutina sin descanso, sube y baja escaleras de todos los tamaños interminablemente, abre y cierra las puertas con firmeza, los portazos retumban en los salones con ecos tenebrosos que insinúan voces y muebles que se mueven. Así pasan los días, los años, las décadas sin memoria, espectro infecundo, ansiando encontrar el cuarto donde espera el cadáver que fue, o el que será cuando por fin descanse.