viernes, 16 de octubre de 2015

El veneno

No quiere llamar la atención de nadie. Guarda el frasco bien disimulado entre los tarros de la despensa, allí donde sólo ella acostumbra a tocar. Las molestias comienzan con la quinta dosis, un suave tono púrpura asoma a las mejillas con la décima, los ojos se hunden en sus cuencas progresivamente. No hay un motivo especial. En todas las familias, la rutina, las disputas y ciertas dificultades minan las relaciones y el deseo de continuar. Ella decide que la salida de esta situación debe ser definitiva y, aunque resulte macabro, obtiene cierto placer en contemplar el prolongado sufrimiento y descifrar los signos en el rostro, en la musculatura, en el silencioso malestar interno. Experimenta con los modos de administrar el veneno, consulta libros antiguos, tratados de medicina, combina sabores y especias, calcula las proporciones y anota los resultados en un cuaderno que oculta entre sus enseres. El primer efecto se produce en los perros, que mueren de un colapso repentino y son enterrados en el jardín. Les siguen el abuelo, su padre, y uno de sus hijos, que siempre dio muestras de una salud delicada y enfermiza. Su marido agoniza largos días hasta que fallece con una mezcla desagradable de vómitos y hemorragias. El resto de los hijos aguantan algo más, el dolor es desigual e imprevisible. Ella es la última con vida. Antes de perderla, reúne a familiares y amigos en un velorio sincero y bien planificado. Prepara infusiones y pequeños tentempiés, compra licores, copas y cubiertos, guisa carnes y pescados discretos y sustanciosos, mezclando sabiamente las dosis adecuadas en cada uno de los platos y las bebidas. Caerán todos en cuestión de horas, no más de una noche. Sólo espera tener fuerzas para organizar la casa, colocar los cuerpos dignamente y apreciar su obra terminada.