Un hombre que sospecha está preso de las contingencias y las casualidades. Cualquier detalle o suceso, por nimio que sea, se revela como una señal de lo que está por venir, que nunca es bueno, y ya no puede dejar de contemplar las cosas más simples sin adivinar en ellas fantásticas amenazas y acontecimientos terribles. Yo no sospecho. La vida está ordenada según códigos fácilmente reconocibles para quien los observa con actitud serena y consecuente. Los objetos dispuestos a mi alrededor, sobre la mesa, en las paredes del cuarto, a pesar de la escasa iluminación, forman un mundo organizado y predecible. Sin embargo, he observado pequeños cambios que desafían el orden de las cosas. Sonidos cuya procedencia ignoro, objetos desplazados en mi ausencia, luces que iluminan fugazmente bajo las puertas, tras las pesadas cortinas, arrojando sombras inquietantes que llegan y se alejan. Sabiamente, la razón supone que deben tener explicaciones sencillas. Quizá sólo sean producto del cansancio o de una imaginación avivada por las lecturas y las horas en silencio. Que algo se mueva a mis espaldas, estando a solas, o que una sombra se extienda por las paredes sobre mi cabeza, bajo mis pies, no son más que sucesos que una mente vulgar, adiestrada en la irracionalidad, atribuye a fuerzas ocultas cuyo sentido se le escapa y le dominan. No me pasará a mí, que he vivido siempre en la sensatez y la corrección. Esta imagen, por ejemplo, que ahora se presenta ante mis ojos, con rasgos deformes de animal embrutecido o de hombre con el rostro desencajado, este olor intenso y subterráneo, este frío que congela el aire y los cristales, esta rigidez que ahora me posee, no son más que el delirio de una mente que desfallece, y, sin embargo, no estoy muerto, aunque hace ya demasiadas horas que mi corazón dejó de latir y sentí que el alma escapaba en un último suspiro, sin que nadie acudiera en mi ayuda cuando aún podría haberme sido útil.