El descenso comienza con un brusco cambio de luz y de temperatura. Las paredes pierden su consistencia pétrea y los objetos se vuelven sombras difícilmente reconocibles. A cada paso, el suelo se ablanda con musgos legamosos cuyo olor enturbia el sentido. El camino penetra oquedades en las que se adivinan pasadizos y túneles sin final. Resuenan ecos tenebrosos y un insistente rumor de voces y quejidos sin consuelo. El frío es intenso, húmedo y doloroso. El terreno se torna desigual, y ya no es posible saber si los pasos ascienden o continúan en declive, perdida toda orientación y toda referencia hasta olvidar cuánto tiempo hace que camina, ni saber cuánto continuará su marcha. Sumido en el desconcierto, avanza solamente porque ya no es posible volver atrás, pues nada sirve para determinar las direcciones, las alturas, las distancias. Duda incluso de sí mismo, y palpa su cuerpo para descubrir que no se reconoce, que sus miembros se deshacen en una masa informe y pegajosa. Siente la respiración como un fuego que atraviesa la garganta y le consume el pecho. Su aliento le asquea y le horroriza. Mientras crece su turbación, se siente arrastrado por fuerzas venidas de ningún lugar, o de todos, y ya no es dueño de su voluntad ni de sus pasos. No se resiste, todo esfuerzo es inútil e imposible. Una legión de manos invisibles le golpean, dentelladas salvajes desgarran su cuerpo y el dolor le crece infinito y sin sentido. Antes de que la razón le abandone, comprende que el infierno consiste en seguir vivo, en un interminable tránsito, recorriendo pasajes que no cesan, camino de ninguna parte.