Sabe que su cuerpo no es agraciado, ni su rostro agradable, pero sus sentimientos son nobles y tranquilos. Trabaja duro, no malgasta lo que gana, y mantiene en orden sus cosas y su vida aunque no vive con nadie que se lo exija. Nunca disputa con nadie, sus conocidos no le aprecian, pero tampoco se muestran contrariados con su compañía, simplemente resulta indiferente a unos y otros. Cierto día, descubre sobre su cuerpo unas manchas purulentas de apariencia regular que quizá encierren un significado al que no da importancia y que cambian su vida de manera inesperada y terrible. Acude a socorrer a una vecina parturienta, pero es tarde y el niño muere asfixiado dentro del vientre de su madre. Un compañero del trabajo tropieza con unas herramientas que alguien dejó tiradas, se golpea la cabeza y sangra de manera incontrolable. Atropellan a un peatón por descuido y se dan a la fuga abandonándolo. Mientras las manchas van creciendo hasta invadir progresivamente su cuerpo, la cadena de desgracias se multiplica, y unos y otros, íntimos o desconocidos, quienes entablan relación con él, sufren o mueren por causas inesperadas, trágicas y perfectamente comprensibles. Descubre ante el espejo que toda su piel está manchada, y que asoman llamativamente algunos caracteres marcados sobre el torso en un alfabeto extraño. Angustiado, interroga libelos y tratados que le consumen durante largas noches, consulta a expertos en lenguas muertas, criptografías, simbologías olvidadas, pero no hay respuesta. Por fin, una anciana versada en las artes oscuras le habla de un libro con atroces sortilegios, antes de comprender que ya es un muerto que camina, y que, por una extraña virtud, el libro ha cobrado vida en su piel, y le roba el oxígeno y la sangre para traer al mundo el caos y las imágenes que invocan sus palabras.