Su mirada ilumina todo lo que alcanza. Mientras camina por los pasillos de la casa, la vista al frente, una luz esplendorosa inunda las estancias. La luz le tranquiliza y le cautiva, todo resulta comprensible, bello, inmediato. El mundo brilla angelical y matutino, y también sus ojos brillan con la sonrisa de un rostro amable. Sin embargo, intuye tras de sí una presencia inquietante, lo invisible que se oculta siempre a nuestra espalda. Siente el espesor de la sombra detrás, siente su roce en la base del cuello, su calor en los hombros. Trastornado por la incómoda presencia, se gira para buscarla, pero todo se ilumina al volver la vista, mientras la sombra gira subrepticia al mismo tiempo y se mantiene firmemente pegada a sus espaldas. Víctima de una intuición, cierra los ojos intentando huir, para encontrarse de frente con la oscuridad, sin escapatoria.