viernes, 27 de enero de 2017

El descenso

El descenso comienza con un brusco cambio de luz y de temperatura. Las paredes pierden su consistencia pétrea y los objetos se vuelven sombras difícilmente reconocibles. A cada paso, el suelo se ablanda con musgos legamosos cuyo olor enturbia el sentido. El camino penetra oquedades en las que se adivinan pasadizos y túneles sin final. Resuenan ecos tenebrosos y un insistente rumor de voces y quejidos sin consuelo. El frío es intenso, húmedo y doloroso. El terreno se torna desigual, y ya no es posible saber si los pasos ascienden o continúan en declive, perdida toda orientación y toda referencia hasta olvidar cuánto tiempo hace que camina, ni saber cuánto continuará su marcha. Sumido en el desconcierto, avanza solamente porque ya no es posible volver atrás, pues nada sirve para determinar las direcciones, las alturas, las distancias. Duda incluso de sí mismo, y palpa su cuerpo para descubrir que no se reconoce, que sus miembros se deshacen en una masa informe y pegajosa. Siente la respiración como un fuego que atraviesa la garganta y le consume el pecho. Su aliento le asquea y le horroriza. Mientras crece su turbación, se siente arrastrado por fuerzas venidas de ningún lugar, o de todos, y ya no es dueño de su voluntad ni de sus pasos. No se resiste, todo esfuerzo es inútil e imposible. Una legión de manos invisibles le golpean, dentelladas salvajes desgarran su cuerpo y el dolor le crece infinito y sin sentido. Antes de que la razón le abandone, comprende que el infierno consiste en seguir vivo, en un interminable tránsito, recorriendo pasajes que no cesan, camino de ninguna parte.

domingo, 15 de enero de 2017

La sospecha

Un hombre que sospecha está preso de las contingencias y las casualidades. Cualquier detalle o suceso, por nimio que sea, se revela como una señal de lo que está por venir, que nunca es bueno, y ya no puede dejar de contemplar las cosas más simples sin adivinar en ellas fantásticas amenazas y acontecimientos terribles. Yo no sospecho. La vida está ordenada según códigos fácilmente reconocibles para quien los observa con actitud serena y consecuente. Los objetos dispuestos a mi alrededor, sobre la mesa, en las paredes del cuarto, a pesar de la escasa iluminación, forman un mundo organizado y predecible. Sin embargo, he observado pequeños cambios que desafían el orden de las cosas. Sonidos cuya procedencia ignoro, objetos desplazados en mi ausencia, luces que iluminan fugazmente bajo las puertas, tras las pesadas cortinas, arrojando sombras inquietantes que llegan y se alejan. Sabiamente, la razón supone que deben tener explicaciones sencillas. Quizá sólo sean producto del cansancio o de una imaginación avivada por las lecturas y las horas en silencio. Que algo se mueva a mis espaldas, estando a solas, o que una sombra se extienda por las paredes sobre mi cabeza, bajo mis pies, no son más que sucesos que una mente vulgar, adiestrada en la irracionalidad, atribuye a fuerzas ocultas cuyo sentido se le escapa y le dominan. No me pasará a mí, que he vivido siempre en la sensatez y la corrección. Esta imagen, por ejemplo, que ahora se presenta ante mis ojos, con rasgos deformes de animal embrutecido o de hombre con el rostro desencajado, este olor intenso y subterráneo, este frío que congela el aire y los cristales, esta rigidez que ahora me posee, no son más que el delirio de una mente que desfallece, y, sin embargo, no estoy muerto, aunque hace ya demasiadas horas que mi corazón dejó de latir y sentí que el alma escapaba en un último suspiro, sin que nadie acudiera en mi ayuda cuando aún podría haberme sido útil.

miércoles, 6 de enero de 2016

Despierta

Sueña el olor de la anestesia y un foco que arroja sobre sus ojos una luz intensa. Los cirujanos hablan entre sí con palabras que no escucha, aunque adivina en ellas los nervios y el rápido intercambio de instrumentos. La operación es difícil. Puede sentir las manos que entran en su cuerpo y el sonido lento de sus constantes vitales en los monitores de control. Cuando el pitido se vuelve constante, siente las descargas eléctricas, los esfuerzos de la reanimación, la desesperación de los doctores. Reconoce con claridad la voz que dictamina la hora de su muerte, las tres treinta de la madrugada, el día no importa. Nota el traslado de su cuerpo a una camilla que sale bruscamente del quirófano, una de las ruedas se atasca y la camilla tiembla en intervalos regulares. La sala principal del depósito de cadáveres es fría, pero no le resulta incómoda. Completamente inmóvil, una sábana le cubre el cuerpo y el rostro. Los asistentes comentan asuntos banales que no le incumben, ríen, después se alejan y apagan la luz. Está sola, presiente a su alrededor otros cuerpos como el suyo. Intenta incorporarse, intenta hablar. Las ideas se suceden atropelladamente, piensa en su familia, en sus amigos, en los médicos, en cosas que olvida con rapidez. Espera que en cualquier momento alguien se dé cuenta e intenten reanimarla una vez más, pero nadie llega. Después de un tiempo que no es capaz de estimar, introducen su cuerpo en un féretro de fieltro suave, cierran la tapa, la oscuridad es total y falta el aire. Siente cómo trasladan la caja, la cargan y la descargan no sabe cuántas veces. Escucha un ruido sordo y piensa que la están metiendo en algún nicho del cementerio local. Desea despertar antes de que todo acabe. Escucha cómo tapian el nicho, ya no llegan voces ni sonidos del exterior. Desea despertar antes de que todo acabe. Desea con todas sus fuerzas incorporarse y abrir la caja. Por fin, despierta del sueño sólo para comprobar que no es un sueño. Aterrorizada, mueve los músculos entumecidos, siente el latido de su corazón y el hormigueo de la sangre que recorre su cuerpo. Respira profundamente e intenta incorporarse. Ahora sí, chilla y se retuerce angustiada.


La caza

Encuentra un papel bajo su puerta con un extraño aviso. Antes de que pueda terminar de leerlo, el papel está en blanco. Quién dejó el papel y quién lo ha borrado son preguntas que no tienen una misma respuesta. Comienza la caza y el delirio. Sale a la calle. Observa si los rostros semiocultos en el interior de los coches le vigilan. Se detiene en los portales y espera a que todos pasen sin ser consciente de la medida del tiempo. Sentado en el metro, alguien le mira al otro lado del cristal. Choca con un vagabundo harapiento, el viejo se disculpa y le llama por su nombre. Antes de reaccionar, descubre en su bolsillo una nota con una dirección, pero no recuerda haberla puesto allí ni reconoce la letra. Acude al lugar, todo parece extrañamente tranquilo. Habla con un policía que no le hace caso, todos le miran y hablan en voz baja con gestos cómplices. Sentado en un parque, siente que una mano se posa en su hombro, pero es de noche y no hay nadie alrededor. Camina entre las sombras de vuelta a casa, y las sombras se mueven. Sube la escalera con rapidez y se cruza con vecinos que ríen y saludan como si supieran algo que él desconoce. Se duerme, se desvela y guarda silencio para escuchar quién respira en la oscuridad. Encuentran su cuerpo sobre el sillón. Alguien le ha disparado por la espalda, pero sólo encuentran sus huellas en la pistola. Resulta sospechoso.


martes, 10 de noviembre de 2015

La niebla

Llegan al parque una mañana otoñal de domingo. Él disfruta satisfecho de acompañar al hijo, con quien pasa poco tiempo; el niño está excitado con el vértigo feliz de las grandes ocasiones. Recorren las estrechas avenidas entre ruidos de sirenas y canciones, atrapados por el gentío, el despliegue multicolor de los tiovivos, el estruendo de las montañas rusas y el dulce olor del algodón de azúcar. Después de las atracciones convencionales, dejan atrás las zonas infantiles y compran dos entradas para el nuevo túnel del misterio. Las brujas de cartón piedra, las imágenes de vampiros y alienígenas son baratas y descuidadas, pero el disfraz de pez rana del feriante, con su cabeza de ojos saltones y sus extraños pies, está bien conseguido y resulta atemorizante. Caminan por un pasillo oscuro que se ilumina con falsos relámpagos, se asustan con su propia imagen descubierta en espejos escondidos, con actores disfrazados que se cruzan y esqueletos de goma que caen a su paso. Detrás de la puerta de un falso castillo en ruinas, se forma a su alrededor una débil niebla que crece hasta que apenas pueden ver hacia dónde dirigir sus pasos. La temperatura desciende, un potente foco ciega sus ojos, siente unas manos que le empujan hasta perder el equilibrio y después le golpean amenazantes. Se extraña del realismo de los golpes, ya dolorosos. El recorrido se prolonga en exceso, la niebla se hace más densa y fría, cuando siente un golpe punzante en el costado. Siguen otros en la espalda, en los brazos y las piernas. Chilla de dolor, confundido, y se afana por esconder a su hijo de las cuchilladas y acelerar el paso sin tropezar con los obstáculos invisibles. Siente la sangre húmeda resbalar por su cuerpo, un objeto contundente le hiere el pecho y casi cae, pero se repone con esfuerzo y continúa, pensando en escapar de esta absurda situación sin que su hijo sufra. Empuja sin fuerza la puerta de salida y se desmorona mortalmente malherido mientras contempla la luz del día y al niño que corre frenético para entrar de nuevo, ahora solo, en la siguiente puerta del túnel del misterio.


lunes, 2 de noviembre de 2015

Parálisis

Cada mañana descorren las cortinas y abren la ventana para que penetren la luz y el aire. En las asépticas paredes blancas se adivinan los lugares en que una vez colgaron cuadros y el polvo acumulado en los rincones. Los enfermeros entran y salen con pasos rápidos y nerviosos, cargados de fármacos y tablillas donde anotan horarios y dosis. Él permanece en silencio, apenas se mueve, paralizado, su cuerpo no distingue el frío del calor, la mañana de la tarde, pero sabe bien cuándo llega la noche y los seres infernales que aparecen con ella. Comienza con un sudor copioso, unos ligeros temblores en aumento, la respiración agitada y la sensación de angustia. Cada pequeño ruido, cada luz que se apaga, cada susurro lejano es una señal de que ya se acercan. Un olor nauseabundo se extiende por los pasillos hasta entrar en el cuarto. Lo conoce bien, conoce el terror que se aproxima, las pisadas babosas que se deslizan, las voces fantasmales, las manos asquerosas que empujan la puerta. Siente su presencia alrededor, intuye sus ojos desorbitados, las figuras angulosas y desproporcionadas. Quisiera ocultarse, pero no puede. Quisiera echar a correr, pero no puede. Quisiera chillar, quisiera despertar de su angustiosa pesadilla, pero sabe que no es un sueño, sabe que ellos lo alcanzarán de nuevo, desgarrarán su piel como afilados cuchillos, atravesarán su cuerpo como gusanos hambrientos, hasta que pase la noche y no quede en él más que el terrible recuerdo y la incurable locura. Cada mañana descorren las cortinas y abren la ventana para que penetren la luz y el aire. Ignorantes o cómplices, los enfermeros le incorporan para el aseo diario. Él gimotea y contempla las sombras que cruzan dentro del espejo.


viernes, 23 de octubre de 2015

La llave

Recorre las habitaciones de la mansión varias veces al día. Es un trabajo concienzudo que requiere seriedad y un orden estricto, desde las buhardillas hasta los sótanos, cada ala del edificio, las cocinas, las despensas, los cuartos de los señores, de los niños, del servicio. Revisa que las habitaciones estén en orden, las ventanas cerradas, comprueba que ningún incidente pueda causar perjuicios a la casa, y después echa las llaves hasta la siguiente ronda. El pesado manojo cuelga en su cinturón. Camina despacio, exageradamente erguido, adusto, con ademán serio y frío que no invita a la conversación ni a la confianza. Al llegar la noche, separa las llaves meditando combinaciones distintas, limpia la herrumbre y las engarza de nuevo con precisión matemática, cada llave en su lugar, cada lugar acordado en el orden preciso del llavero. Sólo queda en la mesa una pequeña llave de cobre, la única que no abre ninguna puerta que conozca. Cada mañana vuelve al recorrido por los pasillos en penumbra, silencioso, obsesionado con el lugar que nunca encuentra, con el misterio que encierra, sin duda peligroso. Reinicia la rutina sin descanso, sube y baja escaleras de todos los tamaños interminablemente, abre y cierra las puertas con firmeza, los portazos retumban en los salones con ecos tenebrosos que insinúan voces y muebles que se mueven. Así pasan los días, los años, las décadas sin memoria, espectro infecundo, ansiando encontrar el cuarto donde espera el cadáver que fue, o el que será cuando por fin descanse.