viernes, 23 de octubre de 2015

La llave

Recorre las habitaciones de la mansión varias veces al día. Es un trabajo concienzudo que requiere seriedad y un orden estricto, desde las buhardillas hasta los sótanos, cada ala del edificio, las cocinas, las despensas, los cuartos de los señores, de los niños, del servicio. Revisa que las habitaciones estén en orden, las ventanas cerradas, comprueba que ningún incidente pueda causar perjuicios a la casa, y después echa las llaves hasta la siguiente ronda. El pesado manojo cuelga en su cinturón. Camina despacio, exageradamente erguido, adusto, con ademán serio y frío que no invita a la conversación ni a la confianza. Al llegar la noche, separa las llaves meditando combinaciones distintas, limpia la herrumbre y las engarza de nuevo con precisión matemática, cada llave en su lugar, cada lugar acordado en el orden preciso del llavero. Sólo queda en la mesa una pequeña llave de cobre, la única que no abre ninguna puerta que conozca. Cada mañana vuelve al recorrido por los pasillos en penumbra, silencioso, obsesionado con el lugar que nunca encuentra, con el misterio que encierra, sin duda peligroso. Reinicia la rutina sin descanso, sube y baja escaleras de todos los tamaños interminablemente, abre y cierra las puertas con firmeza, los portazos retumban en los salones con ecos tenebrosos que insinúan voces y muebles que se mueven. Así pasan los días, los años, las décadas sin memoria, espectro infecundo, ansiando encontrar el cuarto donde espera el cadáver que fue, o el que será cuando por fin descanse.


viernes, 16 de octubre de 2015

El veneno

No quiere llamar la atención de nadie. Guarda el frasco bien disimulado entre los tarros de la despensa, allí donde sólo ella acostumbra a tocar. Las molestias comienzan con la quinta dosis, un suave tono púrpura asoma a las mejillas con la décima, los ojos se hunden en sus cuencas progresivamente. No hay un motivo especial. En todas las familias, la rutina, las disputas y ciertas dificultades minan las relaciones y el deseo de continuar. Ella decide que la salida de esta situación debe ser definitiva y, aunque resulte macabro, obtiene cierto placer en contemplar el prolongado sufrimiento y descifrar los signos en el rostro, en la musculatura, en el silencioso malestar interno. Experimenta con los modos de administrar el veneno, consulta libros antiguos, tratados de medicina, combina sabores y especias, calcula las proporciones y anota los resultados en un cuaderno que oculta entre sus enseres. El primer efecto se produce en los perros, que mueren de un colapso repentino y son enterrados en el jardín. Les siguen el abuelo, su padre, y uno de sus hijos, que siempre dio muestras de una salud delicada y enfermiza. Su marido agoniza largos días hasta que fallece con una mezcla desagradable de vómitos y hemorragias. El resto de los hijos aguantan algo más, el dolor es desigual e imprevisible. Ella es la última con vida. Antes de perderla, reúne a familiares y amigos en un velorio sincero y bien planificado. Prepara infusiones y pequeños tentempiés, compra licores, copas y cubiertos, guisa carnes y pescados discretos y sustanciosos, mezclando sabiamente las dosis adecuadas en cada uno de los platos y las bebidas. Caerán todos en cuestión de horas, no más de una noche. Sólo espera tener fuerzas para organizar la casa, colocar los cuerpos dignamente y apreciar su obra terminada.


miércoles, 7 de octubre de 2015

El tren

Prepara cuidadosamente el viaje, la ropa que necesita, algunas lecturas, una comida frugal. Palpa en el bolsillo la carta de recomendación que le abrirá la puerta para un buen trabajo en su nueva ciudad. La estación es ruidosa y desorganizada, pero el tren es limpio, los vagones espaciosos y los pasajeros elegantes, incluso distinguidos. Toma una manta, se acomoda junto a la ventanilla y se deja dormir. Cuando abre los ojos, observa los extraños adornos del compartimento, fotografías ajadas de paisajes boscosos, lúgubres caserones señoriales, nombres escritos con caracteres que no comprende. Las paredes enteladas están oscurecidas, las bombillas iluminan con debilidad, y el aire señorial, ahora se le antoja decadente. La luz del día que amanece indica que se dirigen hacia el este. No reconoce las montañas que el tren atraviesa, aunque no es la primera vez que realiza el viaje. Inquieto, sale al pasillo y observa a los viajeros que comparten el vagón. Le ignoran silenciosos con ojos resignados e inexpresivos. Recorre numerosos vagones que repiten la escena multiplicada en las formas y en el aspecto empeorado. Unas ratas roen restos de comida junto a un viajero inmóvil, de las oscuras esquinas asoman arañas que recorren velozmente las paredes, hay cuerpos arrinconados bajo los asientos, el olor es cada vez más intenso, pestilente cuando salta de un vagón a otro sobre el estruendo de los raíles. Después de mucho andar, incomprensiblemente, llega de nuevo a su compartimento, o a uno que resulta ser exactamente igual, aunque distinto. El revisor espera. Toman asiento y comprueban el billete. Todo ha sido una terrible confusión, el tren equivocado. Quisiera escapar, pero este tren sólo realiza el trayecto de ida, un tren fantasmal que camina a un destino que nunca alcanza y del que no se puede regresar, donde los cuerpos y las almas viven una muerte interminable y lenta. El silbato penetrante de la máquina y la tremenda carcajada del revisor crujen dentro de su cabeza hasta el dolor y la locura. Bienvenido a bordo, ha comenzado usted el último viaje.


miércoles, 30 de septiembre de 2015

El enfermo

Sabe que el final se acerca. La medicación le mantiene sin traspasar por completo el umbral de la vigilia y ya no siente el dolor agudo. Médicos y visitantes entran y salen sin permiso, él apenas atiende a las conversaciones. Ellos susurran desatentos tópicos sobre la muerte, la resignación, el descanso final. Sus voces son tan irreales como ellos mismos. Cierta noche, en el silencio de las máquinas que le conservan con vida, un médico desconocido ojea su ficha, toma su pulso e, inesperadamente, se sienta a su lado y le habla. No reconoce el idioma, pero la música de sus frases lo cautiva y entiende que se trata de un aviso. Al mirarlo fijamente, siente un estremecimiento: el rostro cadavérico, las cuencas hundidas de los ojos, los labios fuertemente agrietados, el vello amarillento, el intenso aliento no parecen los de una persona normal. Las palabras se elevan y finalizan en un desagradable alarido. Siente cómo su cuerpo se desentiende de la cama y es literalmente engullido por el falso médico convertido en figura espectral. Despierta sudoroso con el sol en el rostro. El desconocido vuelve cada noche, entona su salmodia y acaba devorando el cuerpo volátil. Despierta aún muchas veces, cada vez más debilitado, más dependiente de las atenciones médicas. Los pocos visitantes ya no se acercan, y le miran desde lejos con horror no disimulado. El sueño se reproduce continuamente sin distinguir el día de la noche, la mañana de la tarde, las horas o los minutos. Durante un lapso de conciencia, alcanza a mirar su reflejo desvaído en una jarra de cristal, pero ya no es él quien le devuelve la mirada, sino el otro, el rostro terrible y cadavérico del insistente sueño. Con ánimo inesperado, se incorpora, se calza y echa a andar por los pasillos. Ahora es él quien lleva el aviso para el siguiente, el rostro de la muerte que engulle los restos de vida a los que se aferran los demás enfermos.


viernes, 25 de septiembre de 2015

El niño

Esconde el embarazo durante los primeros meses cambiando algunos hábitos de vida. Ingenia algunas mentiras de las que no se desvía. Los cambios generan dudas entre los demás, pero no pueden ser confirmadas, y pronto se olvidan con las nuevas habladurías del vecindario. Cuando nace, lo esconde en el sótano de la casa. Tapa su boca para que no chille, le ata durante el día para que no llame la atención, le droga para que no haga ruido cuando alguien llega. Aislado del mundo y de los hombres, crece como un salvaje asustado y agresivo, con la piel deformada por infecciones no curadas, la respiración enferma por la humedad y el polvo, entumecido por la falta de movimiento. Su madre decide que debe tener compañía, así que busca entre los niños del lugar, escoge a un pequeño débil y solitario, lo espera al caer de una tarde, lo roba con presteza y lo encierra en el sótano con su hijo. Durante algunas horas, el niño llora y se escuchan golpes y bufidos antes de que el silencio vuelva a su ser. Repite el robo un tiempo después, y otra vez más tarde, hasta que olvida el número de niños robados y el olor que asciende debe ser apagado con perfumes intensos, lejías y aguafuertes. Los rumores aumentan con las sospechas, la mujer huraña y esquiva empieza a ser increpada en público. El siguiente robo enciende la cólera y los ánimos se desbordan. Los más decididos asaltan la casa encabezando una turba, apartan violentamente a la madre y descienden al sótano. El olor de los cuerpos muertos desperdigados es insoportable, la visión de la carne medio devorada es un infierno que todos querrían olvidar. Encuentran a la criatura y lo arrinconan. De movimientos torpes, gruñidos desagradables, andrajoso y sucio, en la semioscuridad, es un animal monstruoso que no despierta más sentimientos que el asco, el terror y la ira incontrolable. La madre muere bajo una confusa maraña de manos nerviosas. Incendian el lugar para abandonarlo cuanto antes. Mientras huyen, en los ojos desencajados de la criatura, algo de humano se intuye entre el miedo salvaje y los horrorosos chillidos de dolor.


miércoles, 23 de septiembre de 2015

La casa

El vendedor nunca habló de los extraños sucesos que todo el vecindario conoce, de los ruidos apagados, de las luces y sombras que se intuyen tras las ventanas. Realizan la mudanza con la ilusión de una nueva vida y el cansancio de limpiar techos y sótanos, de mover muebles y libros que tardan en encontrar acomodo. Las paredes necesitan pintura, las escaleras ceden en algún peldaño, hay que atajar humedades superficiales, pero el conjunto es acogedor, espacioso y cálido. Quizá la distribución de las piezas es algo peculiar, y tienen la sensación de andar demasiado para alcanzar cada parte de la casa. Nuevos ricos, un magnífico sueldo, una posición social desahogada, una casa con historia. Los acontecimientos se precipitan varios meses después. Él escucha a la mujer conversaciones secretas al fondo del pasillo, ella lo espía con discreción mal disimulada e interpreta en sus gestos una rabia callada y un desprecio silencioso, los niños se muestran ausentes, la menor rechaza la comida y, en su habitación, habla con voces no familiares, alguna de ellas susurrante o tenebrosa. En los espejos del pasillo y del baño, cuando la luz es tenue, se sienten observados por ojos que desaparecen entre las sombras. Si permanecen desvelados en el salón oscuro, ven cómo les miran penetrantes, fantasmales, listos para asaltarles. Un día lo comprenden, todo está claro. Es el otro el que se esconde, el que les roza en la oscuridad y desaparece, el que va armado con un cuchillo esperando un oportuno descuido. Es el otro el que inventa ruidos, el que corta los cables del teléfono, el que revuelve los cajones y cambia de lugar las fotografías. Es el otro el que ha perdido el juicio, el que quiere enloquecerles, el que no necesita excusas para acabar con todo, el que deja rastros de sangre en la escalera, bajo las sábanas, en las cortinas, junto a las muñecas de los niños. Todo el mundo espera el desenlace sin intervenir, una casa con historia necesita alimentarse de nuevos inquilinos, nada más, ellos son los siguientes.


lunes, 21 de septiembre de 2015

Mensaje en una botella

Cansado de una vida monótona y sin ilusiones, se embarca en un viaje por los mares del sur, famosos por sus cristalinas aguas, sus islas despobladas y sus terribles tormentas. En una noche del mes de diciembre, el barco naufraga víctima de un temporal y de la impericia de su tripulación. A duras penas, se aferra a los restos de un bote y alcanza una pequeña isla desierta después de varios días a la deriva, deshidratado y quemado por el sol. Dando muestras de habilidad, construye un refugio, recolecta frutos y raíces, caza pequeños animales y aprende a conservar el agua dulce de las lluvias del trópico. Durante las noches, el rugido de las bestias amenaza su sueño, imagina el terrible aspecto del animal que lo produce y tiembla al pensar en el tamaño de sus dentelladas. Cierto día, encuentra una botella traída por las olas. Escribe un breve mensaje sobre un trozo de tela, lo introduce en la botella y la devuelve al mar, pidiendo socorro a quien lo encuentre, sabedor de que, cuando más tiempo sobreviva, mayor será la desesperación de su soledad interminable. Pasan los años, el náufrago sobrevive y olvida el mensaje a la par que su idioma y las maneras civilizadas. En una incursión sobre las rocas en busca de pequeños peces y crustáceos, en un caluroso atardecer, encuentra la botella que una vez arrojó al mar, aunque no la reconoce, pues, en el tiempo del solitario, todo ha sido ya vivido y olvidado. Apenas puede leer las palabras e imagina que, antes de rendirse, un náufrago como él debió arrojarla buscando ayuda. Se arma de valor, construye una frágil balsa de troncos y lianas, carga con algunos alimentos y se embarca en busca del náufrago que escribió el mensaje. Navega durante días hasta que, sin agua ni alimento, confuso por la insolación, llega a una pequeña isla donde se adivinan los restos de una presencia humana, su propio refugio semioculto entre los árboles y las rocas. Ciego de alegría y esperanza, se encamina sin precaución dejando atrás la orilla. Una terrible bestia acecha en las sombras, el hedor de su abundante saliva, sus ojos exorbitados, anuncian que, esta noche, sus crías comerán carne.