jueves, 13 de septiembre de 2018

La travesía

El capitán masculla unas palabras que sólo la marinería entiende. Una ligera brisa acaricia el barco por estribor, o quizá por babor, no identifico bien las posiciones en el mar. Abundando en el tópico, el cielo está cubierto de un gris plomizo, o plúmbeo. Mientras la tripulación se afana en sus tareas, el pasaje recorre la cubierta sin mejor cosa que hacer. Desde que embarcamos, el tiempo se consume en pasear y dormir, sestear y comer. Son raras las conversaciones, educadas aunque frías. Nos saludamos con gestos inadvertidos, desviando enseguida la mirada. El capitán es un hombre rudo entrado en años, de nacionalidad incierta, quizá europea. No deberían caminar por esta parte del barco, nos advierte con amable tosquedad, no es la primera vez que tenemos un accidente por el descuido de los viajeros, caer al mar y desparecer bajo la estela de espuma son la misma cosa. Considerando el ancho de la cubierta y la altura de las barandas, no parece haber peligro alguno, le respondo. No temo que caigan, sino que los arrojen. Su voz es un ronquido severo y un enigma, quién habría de hacer tal cosa. Mientras marcha entregado a sus labores, observo que cojea ostensiblemente, y que algo deforme oculta bajo la ropa. El aire arrecia. Alejados de toda costa, siento la opresión de la inmensidad del cielo que nos sepulta contra la nave.

He perdido la cuenta de los días. Distingo la mañana de la tarde, pero soy incapaz de concretar las horas. Si tuviera noción del tiempo que pasa, diría que los minutos parecen interminables. Los pasajeros visten ropas de domingo, como si acudieran a una recepción que nunca se inicia o nunca se termina. Caminamos despacio al vaivén de las olas, las nubes semejan figuras fantasmagóricas. Sin más ocupación que dejar pasar los días, pienso que no deberíamos haber iniciado este viaje.

Nos hemos cruzado tantas veces que el rostro de los pasajeros me resulta extraño. Algo perdido en sus miradas nos inquieta, demasiado esquivas, demasiado ausentes. Me pregunto sobre su procedencia, que acaso importa poco, encerrados en vida entre las paredes abiertas de la nave. En la imaginación de una epidemia que se extiende, sentimos la náusea y el olor de los cuerpos que se amontonan. El capitán deambula lejano en el puente de mando, los marinos se ocultan a nuestro paso. Nadie nos informa de los peligros que acechan, no recibimos instrucciones. Increíblemente, nadie parece alarmarse, pero intuimos un desenlace trágico. Sobrecogidos por el silencio de los acontecimientos, quisiéramos vernos a salvo, pero no hay lugar en que resguardarse, no hay opción para la huida, ni motivo evidente para el temor. La tripulación se habla como quien calla un secreto, y quizá todos seamos conscientes de lo que sucede, sin que ninguno pueda afirmar cuánto tiempo queda, quién será el siguiente, cuál la causa de la previsible desgracia.

Una eternidad de olas nos han traído hasta el centro perdido del océano. Todos los mares son iguales, un horizonte sin fin de velas desinfladas. La humedad sofocante aplasta nuestros pasos, nubla nuestros sentidos, enturbia nuestras razones. Qué más habrá de pasar para que averigüemos por qué estamos aquí, qué destino nos espera. Mientras los ánimos se amotinan, el capitán conserva la calma. Queremos saber, le requerimos con firmeza, víctimas de un delirio que se acrecienta. Este barco zarpó en mayo de mil setecientos cincuenta y cuatro, relata, naufragó seis meses después cercano al cabo de Buena Esperanza. Desde entonces recorremos los mares recogiendo cadáveres golpeados por las olas, comidos por los peces, podridos por la sal. Los cuerpos que recorren la cubierta no consiguen despertar del sueño de la muerte. A salvo del infierno de las profundidades marinas, navegamos en busca de un puerto que nos acoja quién sabe dónde. No deben temer, que sepamos, nadie ha muerto nunca por segunda vez.



domingo, 22 de abril de 2018

La sombra

Su mirada ilumina todo lo que alcanza. Mientras camina por los pasillos de la casa, la vista al frente, una luz esplendorosa inunda las estancias. La luz le tranquiliza y le cautiva, todo resulta comprensible, bello, inmediato. El mundo brilla angelical y matutino, y también sus ojos brillan con la sonrisa de un rostro amable. Sin embargo, intuye tras de sí una presencia inquietante, lo invisible que se oculta siempre a nuestra espalda. Siente el espesor de la sombra detrás, siente su roce en la base del cuello, su calor en los hombros. Trastornado por la incómoda presencia, se gira para buscarla, pero todo se ilumina al volver la vista, mientras la sombra gira subrepticia al mismo tiempo y se mantiene firmemente pegada a sus espaldas. Víctima de una intuición, cierra los ojos intentando huir, para encontrarse de frente con la oscuridad, sin escapatoria.


La mancha

Sabe que su cuerpo no es agraciado, ni su rostro agradable, pero sus sentimientos son nobles y tranquilos. Trabaja duro, no malgasta lo que gana, y mantiene en orden sus cosas y su vida aunque no vive con nadie que se lo exija. Nunca disputa con nadie, sus conocidos no le aprecian, pero tampoco se muestran contrariados con su compañía, simplemente resulta indiferente a unos y otros. Cierto día, descubre sobre su cuerpo unas manchas purulentas de apariencia regular que quizá encierren un significado al que no da importancia y que cambian su vida de manera inesperada y terrible. Acude a socorrer a una vecina parturienta, pero es tarde y el niño muere asfixiado dentro del vientre de su madre. Un compañero del trabajo tropieza con unas herramientas que alguien dejó tiradas, se golpea la cabeza y sangra de manera incontrolable. Atropellan a un peatón por descuido y se dan a la fuga abandonándolo. Mientras las manchas van creciendo hasta invadir progresivamente su cuerpo, la cadena de desgracias se multiplica, y unos y otros, íntimos o desconocidos, quienes entablan relación con él, sufren o mueren por causas inesperadas, trágicas y perfectamente comprensibles. Descubre ante el espejo que toda su piel está manchada, y que asoman llamativamente algunos caracteres marcados sobre el torso en un alfabeto extraño. Angustiado, interroga libelos y tratados que le consumen durante largas noches, consulta a expertos en lenguas muertas, criptografías, simbologías olvidadas, pero no hay respuesta. Por fin, una anciana versada en las artes oscuras le habla de un libro con atroces sortilegios, antes de comprender que ya es un muerto que camina, y que, por una extraña virtud, el libro ha cobrado vida en su piel, y le roba el oxígeno y la sangre para traer al mundo el caos y las imágenes que invocan sus palabras.


viernes, 27 de enero de 2017

El descenso

El descenso comienza con un brusco cambio de luz y de temperatura. Las paredes pierden su consistencia pétrea y los objetos se vuelven sombras difícilmente reconocibles. A cada paso, el suelo se ablanda con musgos legamosos cuyo olor enturbia el sentido. El camino penetra oquedades en las que se adivinan pasadizos y túneles sin final. Resuenan ecos tenebrosos y un insistente rumor de voces y quejidos sin consuelo. El frío es intenso, húmedo y doloroso. El terreno se torna desigual, y ya no es posible saber si los pasos ascienden o continúan en declive, perdida toda orientación y toda referencia hasta olvidar cuánto tiempo hace que camina, ni saber cuánto continuará su marcha. Sumido en el desconcierto, avanza solamente porque ya no es posible volver atrás, pues nada sirve para determinar las direcciones, las alturas, las distancias. Duda incluso de sí mismo, y palpa su cuerpo para descubrir que no se reconoce, que sus miembros se deshacen en una masa informe y pegajosa. Siente la respiración como un fuego que atraviesa la garganta y le consume el pecho. Su aliento le asquea y le horroriza. Mientras crece su turbación, se siente arrastrado por fuerzas venidas de ningún lugar, o de todos, y ya no es dueño de su voluntad ni de sus pasos. No se resiste, todo esfuerzo es inútil e imposible. Una legión de manos invisibles le golpean, dentelladas salvajes desgarran su cuerpo y el dolor le crece infinito y sin sentido. Antes de que la razón le abandone, comprende que el infierno consiste en seguir vivo, en un interminable tránsito, recorriendo pasajes que no cesan, camino de ninguna parte.

domingo, 15 de enero de 2017

La sospecha

Un hombre que sospecha está preso de las contingencias y las casualidades. Cualquier detalle o suceso, por nimio que sea, se revela como una señal de lo que está por venir, que nunca es bueno, y ya no puede dejar de contemplar las cosas más simples sin adivinar en ellas fantásticas amenazas y acontecimientos terribles. Yo no sospecho. La vida está ordenada según códigos fácilmente reconocibles para quien los observa con actitud serena y consecuente. Los objetos dispuestos a mi alrededor, sobre la mesa, en las paredes del cuarto, a pesar de la escasa iluminación, forman un mundo organizado y predecible. Sin embargo, he observado pequeños cambios que desafían el orden de las cosas. Sonidos cuya procedencia ignoro, objetos desplazados en mi ausencia, luces que iluminan fugazmente bajo las puertas, tras las pesadas cortinas, arrojando sombras inquietantes que llegan y se alejan. Sabiamente, la razón supone que deben tener explicaciones sencillas. Quizá sólo sean producto del cansancio o de una imaginación avivada por las lecturas y las horas en silencio. Que algo se mueva a mis espaldas, estando a solas, o que una sombra se extienda por las paredes sobre mi cabeza, bajo mis pies, no son más que sucesos que una mente vulgar, adiestrada en la irracionalidad, atribuye a fuerzas ocultas cuyo sentido se le escapa y le dominan. No me pasará a mí, que he vivido siempre en la sensatez y la corrección. Esta imagen, por ejemplo, que ahora se presenta ante mis ojos, con rasgos deformes de animal embrutecido o de hombre con el rostro desencajado, este olor intenso y subterráneo, este frío que congela el aire y los cristales, esta rigidez que ahora me posee, no son más que el delirio de una mente que desfallece, y, sin embargo, no estoy muerto, aunque hace ya demasiadas horas que mi corazón dejó de latir y sentí que el alma escapaba en un último suspiro, sin que nadie acudiera en mi ayuda cuando aún podría haberme sido útil.

miércoles, 6 de enero de 2016

Despierta

Sueña el olor de la anestesia y un foco que arroja sobre sus ojos una luz intensa. Los cirujanos hablan entre sí con palabras que no escucha, aunque adivina en ellas los nervios y el rápido intercambio de instrumentos. La operación es difícil. Puede sentir las manos que entran en su cuerpo y el sonido lento de sus constantes vitales en los monitores de control. Cuando el pitido se vuelve constante, siente las descargas eléctricas, los esfuerzos de la reanimación, la desesperación de los doctores. Reconoce con claridad la voz que dictamina la hora de su muerte, las tres treinta de la madrugada, el día no importa. Nota el traslado de su cuerpo a una camilla que sale bruscamente del quirófano, una de las ruedas se atasca y la camilla tiembla en intervalos regulares. La sala principal del depósito de cadáveres es fría, pero no le resulta incómoda. Completamente inmóvil, una sábana le cubre el cuerpo y el rostro. Los asistentes comentan asuntos banales que no le incumben, ríen, después se alejan y apagan la luz. Está sola, presiente a su alrededor otros cuerpos como el suyo. Intenta incorporarse, intenta hablar. Las ideas se suceden atropelladamente, piensa en su familia, en sus amigos, en los médicos, en cosas que olvida con rapidez. Espera que en cualquier momento alguien se dé cuenta e intenten reanimarla una vez más, pero nadie llega. Después de un tiempo que no es capaz de estimar, introducen su cuerpo en un féretro de fieltro suave, cierran la tapa, la oscuridad es total y falta el aire. Siente cómo trasladan la caja, la cargan y la descargan no sabe cuántas veces. Escucha un ruido sordo y piensa que la están metiendo en algún nicho del cementerio local. Desea despertar antes de que todo acabe. Escucha cómo tapian el nicho, ya no llegan voces ni sonidos del exterior. Desea despertar antes de que todo acabe. Desea con todas sus fuerzas incorporarse y abrir la caja. Por fin, despierta del sueño sólo para comprobar que no es un sueño. Aterrorizada, mueve los músculos entumecidos, siente el latido de su corazón y el hormigueo de la sangre que recorre su cuerpo. Respira profundamente e intenta incorporarse. Ahora sí, chilla y se retuerce angustiada.


La caza

Encuentra un papel bajo su puerta con un extraño aviso. Antes de que pueda terminar de leerlo, el papel está en blanco. Quién dejó el papel y quién lo ha borrado son preguntas que no tienen una misma respuesta. Comienza la caza y el delirio. Sale a la calle. Observa si los rostros semiocultos en el interior de los coches le vigilan. Se detiene en los portales y espera a que todos pasen sin ser consciente de la medida del tiempo. Sentado en el metro, alguien le mira al otro lado del cristal. Choca con un vagabundo harapiento, el viejo se disculpa y le llama por su nombre. Antes de reaccionar, descubre en su bolsillo una nota con una dirección, pero no recuerda haberla puesto allí ni reconoce la letra. Acude al lugar, todo parece extrañamente tranquilo. Habla con un policía que no le hace caso, todos le miran y hablan en voz baja con gestos cómplices. Sentado en un parque, siente que una mano se posa en su hombro, pero es de noche y no hay nadie alrededor. Camina entre las sombras de vuelta a casa, y las sombras se mueven. Sube la escalera con rapidez y se cruza con vecinos que ríen y saludan como si supieran algo que él desconoce. Se duerme, se desvela y guarda silencio para escuchar quién respira en la oscuridad. Encuentran su cuerpo sobre el sillón. Alguien le ha disparado por la espalda, pero sólo encuentran sus huellas en la pistola. Resulta sospechoso.


martes, 10 de noviembre de 2015

La niebla

Llegan al parque una mañana otoñal de domingo. Él disfruta satisfecho de acompañar al hijo, con quien pasa poco tiempo; el niño está excitado con el vértigo feliz de las grandes ocasiones. Recorren las estrechas avenidas entre ruidos de sirenas y canciones, atrapados por el gentío, el despliegue multicolor de los tiovivos, el estruendo de las montañas rusas y el dulce olor del algodón de azúcar. Después de las atracciones convencionales, dejan atrás las zonas infantiles y compran dos entradas para el nuevo túnel del misterio. Las brujas de cartón piedra, las imágenes de vampiros y alienígenas son baratas y descuidadas, pero el disfraz de pez rana del feriante, con su cabeza de ojos saltones y sus extraños pies, está bien conseguido y resulta atemorizante. Caminan por un pasillo oscuro que se ilumina con falsos relámpagos, se asustan con su propia imagen descubierta en espejos escondidos, con actores disfrazados que se cruzan y esqueletos de goma que caen a su paso. Detrás de la puerta de un falso castillo en ruinas, se forma a su alrededor una débil niebla que crece hasta que apenas pueden ver hacia dónde dirigir sus pasos. La temperatura desciende, un potente foco ciega sus ojos, siente unas manos que le empujan hasta perder el equilibrio y después le golpean amenazantes. Se extraña del realismo de los golpes, ya dolorosos. El recorrido se prolonga en exceso, la niebla se hace más densa y fría, cuando siente un golpe punzante en el costado. Siguen otros en la espalda, en los brazos y las piernas. Chilla de dolor, confundido, y se afana por esconder a su hijo de las cuchilladas y acelerar el paso sin tropezar con los obstáculos invisibles. Siente la sangre húmeda resbalar por su cuerpo, un objeto contundente le hiere el pecho y casi cae, pero se repone con esfuerzo y continúa, pensando en escapar de esta absurda situación sin que su hijo sufra. Empuja sin fuerza la puerta de salida y se desmorona mortalmente malherido mientras contempla la luz del día y al niño que corre frenético para entrar de nuevo, ahora solo, en la siguiente puerta del túnel del misterio.


lunes, 2 de noviembre de 2015

Parálisis

Cada mañana descorren las cortinas y abren la ventana para que penetren la luz y el aire. En las asépticas paredes blancas se adivinan los lugares en que una vez colgaron cuadros y el polvo acumulado en los rincones. Los enfermeros entran y salen con pasos rápidos y nerviosos, cargados de fármacos y tablillas donde anotan horarios y dosis. Él permanece en silencio, apenas se mueve, paralizado, su cuerpo no distingue el frío del calor, la mañana de la tarde, pero sabe bien cuándo llega la noche y los seres infernales que aparecen con ella. Comienza con un sudor copioso, unos ligeros temblores en aumento, la respiración agitada y la sensación de angustia. Cada pequeño ruido, cada luz que se apaga, cada susurro lejano es una señal de que ya se acercan. Un olor nauseabundo se extiende por los pasillos hasta entrar en el cuarto. Lo conoce bien, conoce el terror que se aproxima, las pisadas babosas que se deslizan, las voces fantasmales, las manos asquerosas que empujan la puerta. Siente su presencia alrededor, intuye sus ojos desorbitados, las figuras angulosas y desproporcionadas. Quisiera ocultarse, pero no puede. Quisiera echar a correr, pero no puede. Quisiera chillar, quisiera despertar de su angustiosa pesadilla, pero sabe que no es un sueño, sabe que ellos lo alcanzarán de nuevo, desgarrarán su piel como afilados cuchillos, atravesarán su cuerpo como gusanos hambrientos, hasta que pase la noche y no quede en él más que el terrible recuerdo y la incurable locura. Cada mañana descorren las cortinas y abren la ventana para que penetren la luz y el aire. Ignorantes o cómplices, los enfermeros le incorporan para el aseo diario. Él gimotea y contempla las sombras que cruzan dentro del espejo.


viernes, 23 de octubre de 2015

La llave

Recorre las habitaciones de la mansión varias veces al día. Es un trabajo concienzudo que requiere seriedad y un orden estricto, desde las buhardillas hasta los sótanos, cada ala del edificio, las cocinas, las despensas, los cuartos de los señores, de los niños, del servicio. Revisa que las habitaciones estén en orden, las ventanas cerradas, comprueba que ningún incidente pueda causar perjuicios a la casa, y después echa las llaves hasta la siguiente ronda. El pesado manojo cuelga en su cinturón. Camina despacio, exageradamente erguido, adusto, con ademán serio y frío que no invita a la conversación ni a la confianza. Al llegar la noche, separa las llaves meditando combinaciones distintas, limpia la herrumbre y las engarza de nuevo con precisión matemática, cada llave en su lugar, cada lugar acordado en el orden preciso del llavero. Sólo queda en la mesa una pequeña llave de cobre, la única que no abre ninguna puerta que conozca. Cada mañana vuelve al recorrido por los pasillos en penumbra, silencioso, obsesionado con el lugar que nunca encuentra, con el misterio que encierra, sin duda peligroso. Reinicia la rutina sin descanso, sube y baja escaleras de todos los tamaños interminablemente, abre y cierra las puertas con firmeza, los portazos retumban en los salones con ecos tenebrosos que insinúan voces y muebles que se mueven. Así pasan los días, los años, las décadas sin memoria, espectro infecundo, ansiando encontrar el cuarto donde espera el cadáver que fue, o el que será cuando por fin descanse.


viernes, 16 de octubre de 2015

El veneno

No quiere llamar la atención de nadie. Guarda el frasco bien disimulado entre los tarros de la despensa, allí donde sólo ella acostumbra a tocar. Las molestias comienzan con la quinta dosis, un suave tono púrpura asoma a las mejillas con la décima, los ojos se hunden en sus cuencas progresivamente. No hay un motivo especial. En todas las familias, la rutina, las disputas y ciertas dificultades minan las relaciones y el deseo de continuar. Ella decide que la salida de esta situación debe ser definitiva y, aunque resulte macabro, obtiene cierto placer en contemplar el prolongado sufrimiento y descifrar los signos en el rostro, en la musculatura, en el silencioso malestar interno. Experimenta con los modos de administrar el veneno, consulta libros antiguos, tratados de medicina, combina sabores y especias, calcula las proporciones y anota los resultados en un cuaderno que oculta entre sus enseres. El primer efecto se produce en los perros, que mueren de un colapso repentino y son enterrados en el jardín. Les siguen el abuelo, su padre, y uno de sus hijos, que siempre dio muestras de una salud delicada y enfermiza. Su marido agoniza largos días hasta que fallece con una mezcla desagradable de vómitos y hemorragias. El resto de los hijos aguantan algo más, el dolor es desigual e imprevisible. Ella es la última con vida. Antes de perderla, reúne a familiares y amigos en un velorio sincero y bien planificado. Prepara infusiones y pequeños tentempiés, compra licores, copas y cubiertos, guisa carnes y pescados discretos y sustanciosos, mezclando sabiamente las dosis adecuadas en cada uno de los platos y las bebidas. Caerán todos en cuestión de horas, no más de una noche. Sólo espera tener fuerzas para organizar la casa, colocar los cuerpos dignamente y apreciar su obra terminada.


miércoles, 7 de octubre de 2015

El tren

Prepara cuidadosamente el viaje, la ropa que necesita, algunas lecturas, una comida frugal. Palpa en el bolsillo la carta de recomendación que le abrirá la puerta para un buen trabajo en su nueva ciudad. La estación es ruidosa y desorganizada, pero el tren es limpio, los vagones espaciosos y los pasajeros elegantes, incluso distinguidos. Toma una manta, se acomoda junto a la ventanilla y se deja dormir. Cuando abre los ojos, observa los extraños adornos del compartimento, fotografías ajadas de paisajes boscosos, lúgubres caserones señoriales, nombres escritos con caracteres que no comprende. Las paredes enteladas están oscurecidas, las bombillas iluminan con debilidad, y el aire señorial, ahora se le antoja decadente. La luz del día que amanece indica que se dirigen hacia el este. No reconoce las montañas que el tren atraviesa, aunque no es la primera vez que realiza el viaje. Inquieto, sale al pasillo y observa a los viajeros que comparten el vagón. Le ignoran silenciosos con ojos resignados e inexpresivos. Recorre numerosos vagones que repiten la escena multiplicada en las formas y en el aspecto empeorado. Unas ratas roen restos de comida junto a un viajero inmóvil, de las oscuras esquinas asoman arañas que recorren velozmente las paredes, hay cuerpos arrinconados bajo los asientos, el olor es cada vez más intenso, pestilente cuando salta de un vagón a otro sobre el estruendo de los raíles. Después de mucho andar, incomprensiblemente, llega de nuevo a su compartimento, o a uno que resulta ser exactamente igual, aunque distinto. El revisor espera. Toman asiento y comprueban el billete. Todo ha sido una terrible confusión, el tren equivocado. Quisiera escapar, pero este tren sólo realiza el trayecto de ida, un tren fantasmal que camina a un destino que nunca alcanza y del que no se puede regresar, donde los cuerpos y las almas viven una muerte interminable y lenta. El silbato penetrante de la máquina y la tremenda carcajada del revisor crujen dentro de su cabeza hasta el dolor y la locura. Bienvenido a bordo, ha comenzado usted el último viaje.


miércoles, 30 de septiembre de 2015

El enfermo

Sabe que el final se acerca. La medicación le mantiene sin traspasar por completo el umbral de la vigilia y ya no siente el dolor agudo. Médicos y visitantes entran y salen sin permiso, él apenas atiende a las conversaciones. Ellos susurran desatentos tópicos sobre la muerte, la resignación, el descanso final. Sus voces son tan irreales como ellos mismos. Cierta noche, en el silencio de las máquinas que le conservan con vida, un médico desconocido ojea su ficha, toma su pulso e, inesperadamente, se sienta a su lado y le habla. No reconoce el idioma, pero la música de sus frases lo cautiva y entiende que se trata de un aviso. Al mirarlo fijamente, siente un estremecimiento: el rostro cadavérico, las cuencas hundidas de los ojos, los labios fuertemente agrietados, el vello amarillento, el intenso aliento no parecen los de una persona normal. Las palabras se elevan y finalizan en un desagradable alarido. Siente cómo su cuerpo se desentiende de la cama y es literalmente engullido por el falso médico convertido en figura espectral. Despierta sudoroso con el sol en el rostro. El desconocido vuelve cada noche, entona su salmodia y acaba devorando el cuerpo volátil. Despierta aún muchas veces, cada vez más debilitado, más dependiente de las atenciones médicas. Los pocos visitantes ya no se acercan, y le miran desde lejos con horror no disimulado. El sueño se reproduce continuamente sin distinguir el día de la noche, la mañana de la tarde, las horas o los minutos. Durante un lapso de conciencia, alcanza a mirar su reflejo desvaído en una jarra de cristal, pero ya no es él quien le devuelve la mirada, sino el otro, el rostro terrible y cadavérico del insistente sueño. Con ánimo inesperado, se incorpora, se calza y echa a andar por los pasillos. Ahora es él quien lleva el aviso para el siguiente, el rostro de la muerte que engulle los restos de vida a los que se aferran los demás enfermos.


viernes, 25 de septiembre de 2015

El niño

Esconde el embarazo durante los primeros meses cambiando algunos hábitos de vida. Ingenia algunas mentiras de las que no se desvía. Los cambios generan dudas entre los demás, pero no pueden ser confirmadas, y pronto se olvidan con las nuevas habladurías del vecindario. Cuando nace, lo esconde en el sótano de la casa. Tapa su boca para que no chille, le ata durante el día para que no llame la atención, le droga para que no haga ruido cuando alguien llega. Aislado del mundo y de los hombres, crece como un salvaje asustado y agresivo, con la piel deformada por infecciones no curadas, la respiración enferma por la humedad y el polvo, entumecido por la falta de movimiento. Su madre decide que debe tener compañía, así que busca entre los niños del lugar, escoge a un pequeño débil y solitario, lo espera al caer de una tarde, lo roba con presteza y lo encierra en el sótano con su hijo. Durante algunas horas, el niño llora y se escuchan golpes y bufidos antes de que el silencio vuelva a su ser. Repite el robo un tiempo después, y otra vez más tarde, hasta que olvida el número de niños robados y el olor que asciende debe ser apagado con perfumes intensos, lejías y aguafuertes. Los rumores aumentan con las sospechas, la mujer huraña y esquiva empieza a ser increpada en público. El siguiente robo enciende la cólera y los ánimos se desbordan. Los más decididos asaltan la casa encabezando una turba, apartan violentamente a la madre y descienden al sótano. El olor de los cuerpos muertos desperdigados es insoportable, la visión de la carne medio devorada es un infierno que todos querrían olvidar. Encuentran a la criatura y lo arrinconan. De movimientos torpes, gruñidos desagradables, andrajoso y sucio, en la semioscuridad, es un animal monstruoso que no despierta más sentimientos que el asco, el terror y la ira incontrolable. La madre muere bajo una confusa maraña de manos nerviosas. Incendian el lugar para abandonarlo cuanto antes. Mientras huyen, en los ojos desencajados de la criatura, algo de humano se intuye entre el miedo salvaje y los horrorosos chillidos de dolor.


miércoles, 23 de septiembre de 2015

La casa

El vendedor nunca habló de los extraños sucesos que todo el vecindario conoce, de los ruidos apagados, de las luces y sombras que se intuyen tras las ventanas. Realizan la mudanza con la ilusión de una nueva vida y el cansancio de limpiar techos y sótanos, de mover muebles y libros que tardan en encontrar acomodo. Las paredes necesitan pintura, las escaleras ceden en algún peldaño, hay que atajar humedades superficiales, pero el conjunto es acogedor, espacioso y cálido. Quizá la distribución de las piezas es algo peculiar, y tienen la sensación de andar demasiado para alcanzar cada parte de la casa. Nuevos ricos, un magnífico sueldo, una posición social desahogada, una casa con historia. Los acontecimientos se precipitan varios meses después. Él escucha a la mujer conversaciones secretas al fondo del pasillo, ella lo espía con discreción mal disimulada e interpreta en sus gestos una rabia callada y un desprecio silencioso, los niños se muestran ausentes, la menor rechaza la comida y, en su habitación, habla con voces no familiares, alguna de ellas susurrante o tenebrosa. En los espejos del pasillo y del baño, cuando la luz es tenue, se sienten observados por ojos que desaparecen entre las sombras. Si permanecen desvelados en el salón oscuro, ven cómo les miran penetrantes, fantasmales, listos para asaltarles. Un día lo comprenden, todo está claro. Es el otro el que se esconde, el que les roza en la oscuridad y desaparece, el que va armado con un cuchillo esperando un oportuno descuido. Es el otro el que inventa ruidos, el que corta los cables del teléfono, el que revuelve los cajones y cambia de lugar las fotografías. Es el otro el que ha perdido el juicio, el que quiere enloquecerles, el que no necesita excusas para acabar con todo, el que deja rastros de sangre en la escalera, bajo las sábanas, en las cortinas, junto a las muñecas de los niños. Todo el mundo espera el desenlace sin intervenir, una casa con historia necesita alimentarse de nuevos inquilinos, nada más, ellos son los siguientes.


lunes, 21 de septiembre de 2015

Mensaje en una botella

Cansado de una vida monótona y sin ilusiones, se embarca en un viaje por los mares del sur, famosos por sus cristalinas aguas, sus islas despobladas y sus terribles tormentas. En una noche del mes de diciembre, el barco naufraga víctima de un temporal y de la impericia de su tripulación. A duras penas, se aferra a los restos de un bote y alcanza una pequeña isla desierta después de varios días a la deriva, deshidratado y quemado por el sol. Dando muestras de habilidad, construye un refugio, recolecta frutos y raíces, caza pequeños animales y aprende a conservar el agua dulce de las lluvias del trópico. Durante las noches, el rugido de las bestias amenaza su sueño, imagina el terrible aspecto del animal que lo produce y tiembla al pensar en el tamaño de sus dentelladas. Cierto día, encuentra una botella traída por las olas. Escribe un breve mensaje sobre un trozo de tela, lo introduce en la botella y la devuelve al mar, pidiendo socorro a quien lo encuentre, sabedor de que, cuando más tiempo sobreviva, mayor será la desesperación de su soledad interminable. Pasan los años, el náufrago sobrevive y olvida el mensaje a la par que su idioma y las maneras civilizadas. En una incursión sobre las rocas en busca de pequeños peces y crustáceos, en un caluroso atardecer, encuentra la botella que una vez arrojó al mar, aunque no la reconoce, pues, en el tiempo del solitario, todo ha sido ya vivido y olvidado. Apenas puede leer las palabras e imagina que, antes de rendirse, un náufrago como él debió arrojarla buscando ayuda. Se arma de valor, construye una frágil balsa de troncos y lianas, carga con algunos alimentos y se embarca en busca del náufrago que escribió el mensaje. Navega durante días hasta que, sin agua ni alimento, confuso por la insolación, llega a una pequeña isla donde se adivinan los restos de una presencia humana, su propio refugio semioculto entre los árboles y las rocas. Ciego de alegría y esperanza, se encamina sin precaución dejando atrás la orilla. Una terrible bestia acecha en las sombras, el hedor de su abundante saliva, sus ojos exorbitados, anuncian que, esta noche, sus crías comerán carne.


viernes, 18 de septiembre de 2015

El viejo a solas

Tiene noventa y tres años, conserva parte de sus fuerzas, el peso de la edad y sus dolencias no le impiden valerse por sí mismo para vivir solo. Los momentos de lucidez son frecuentes, si bien, parte del tiempo no es sino los restos de un naufragio, un animal inconsciente que deambula por las habitaciones o dormita entre una cama ruidosa y un sillón que aún conserva algo de la elegancia que tuvo. Su tarea principal, aparte de seguir vivo, es coleccionar imágenes del pasado, fotografías que ha reunido de aquí y allá, recortes de periódicos, contraportadas de libros, álbumes familiares. Todos los que un día conoció han fallecido o nadie sabe de ellos, pronto habrán muerto también. La vida y la muerte son verdades difíciles de entender, motivos sin razón, preguntas sin respuesta. Él no hace preguntas, no quiere saber, no ansía el recuerdo ni aprecia la memoria, no le importa la fama o la herencia, nada dejará cuando muera, nada llevará consigo. En su senil inteligencia, simplemente colecciona imágenes que recorta con cuidado y ordena con criterios que ya no comprende. En cada objeto de la casa cuelga la fotografía gastada de alguien que murió, en cada mueble, en los pasillos y los rincones, las lámparas y las estanterías, hasta formar un complicado laberinto de recuerdos cuyos caminos ha olvidado, el mapa de una biografía cuyo significado se ha perdido, un lapidario, las estampas alucinadas de un cementerio sin visitantes, flores ni oraciones. Cuando el mapa esté completo, cuando todos los objetos hayan encontrado su lugar en el pasado y la demencia haya borrado el último rincón de su memoria, se sentará a esperar que alguien lo convierta en fotografía. Honra a sus difuntos del único modo posible, esperando a convertirse en uno de ellos.


jueves, 17 de septiembre de 2015

El olvido

Quizá sea el licor con sabor a tierra y cartón, algo que ha comido en mal estado, quizá las incomprensibles palabras de una camarera vieja, algo como no te olvidarás de este día que ya es sólo un recuerdo confuso en medio de una alucinación, una borrachera, o ambas cosas. La primera mañana olvida dónde ha puesto las zapatillas y el cepillo de dientes, que siempre están en el mismo sitio bien ordenados. Sin darle importancia, se viste con los pies descalzos y deja el aseo bucal para más tarde. Esa misma noche, algo en su rostro le resulta ajeno, unas arrugas o la forma de los labios, como si no fueran parte de su cara, sino de otra persona. Al día siguiente, la voz de sus hijos le suena extraña, no entiende alguna de sus expresiones, piensa que debe ser un nuevo argot de patio de colegio o de algún videojuego oriental. Afuera, alguien le pregunta amablemente por una dirección, pero no recuerda el nombre de las calles a pesar de su usual buena orientación. En la cafetería, mientras almuerza, da las gracias en un idioma que no conoce, todos le miran sorprendidos y bromean con su nueva habilidad para imitar voces diferentes a la suya. Día a día, olvida más y más cosas. No recuerda los compromisos de su agenda, ni le resultan familiares las personas que le reprochan sus olvidos. Alguien le llama por la calle, pero no reconoce su propio nombre. Tampoco reconoce el nombre de su mujer y de sus hijos, quienes le miran con preocupación como si se tratara de un completo extraño. Decide acudir a un médico especialista, pero se encuentra de repente parado en un cruce de calles sin saber cómo ha llegado hasta allí ni hacia dónde debe dirigirse. Progresivamente, olvida todo, cómo se hacen las cosas más rutinarias, los rudimentos del idioma, el significado de las señales y los carteles, los mínimos gestos de cariño. Ahora reside en una habitación sencilla y luminosa con vistas a la zona industrial de la ciudad, aunque no sabe dónde está, qué hace allí, quién es. Ya no puede plantearse preguntas. Sumido en un largo silencio, permanece quieto, sentado ante el cristal, imaginando la mirada de una camarera vieja en una noche confusa en la bruma de una alucinación, una borrachera, o ambas cosas.


El escritor

Un escritor mediocre que no confía en lograr reconocimiento por su trabajo sueña una noche con un libro misterioso y antiguo que se escribe solo. El sueño tiene el indefinido sabor de una pesadilla difícil de contar. En la confusa visión, sólo tiene que apoyar la pluma y completar las palabras que van apareciendo sobre el papel. Asombrado con el hallazgo, se deja llevar y escribe un relato que, a la mañana siguiente, está finalizado sobre su mesa. El argumento es sencillo, pero de una veracidad estremecedora que roza lo espantoso. Un conocido editor gusta del resultado y lo compra convencido de que tendrá el favor del público. El escritor ansía la llegada de cada noche en espera de que el sueño se repita, lo cual sucede en numerosas ocasiones, todas las cuales finalizan con un nuevo texto disponible en su escritorio al despertar, otro éxito comercial que, al cabo de un tiempo, le granjean el deseado reconocimiento. Para no desmerecer su nueva fama, no confiesa a nadie el origen de los relatos, ni el precio de tener que revivir la pesadilla nocturna de la escritura. Una noche, mientras da forma a las palabras que dicta el libro, comprueba que, en esta ocasión, el argumento trata sobre un escritor que es él mismo. La historia se encamina ante sus ojos hacia un trágico final donde encontrará una muerte terrible e interminable, convertido en la pesadilla que otro escritor deberá completar innumerables veces. En el delirio nocturno y sudoroso, preso de la curiosidad por el desenlace, continúa hasta finalizar el relato y comprobar que no es la primera víctima, ni será la última, de un libro que asesina en sueños, cuyo título nunca ha sido escrito. Al amanecer, el nuevo texto está terminado sobre su mesa, mientras su cuerpo yace junto al ventanal en el aire frío de la mañana.


La bañera

Quien tiene el alma limpia desconoce el rencor y el desaliento, comprende que los designios de la vida son azarosos y que una persona sólo puede ser responsable de su dignidad, empeñar su inteligencia o sus fuerzas sin más pretensión que dejar el recuerdo de un buen nombre. Poco importan los planes, las ensoñaciones, la ambición o los trabajos. Hay quien forjó su dicha en el infortunio, y quien sufrió un trágico destino sin hacer nada para merecerlo. Nadie es culpable de nada, nadie debe ser censurado por estar vivo, ni alabado por un éxito o un fracaso que, las más de las veces, sólo dependen de circunstancias ajenas y conjunciones extrañas. Todos tienen derecho al miedo y al respeto.

En el verano del veintidós, muchos se maravillaron por la ocurrencia de sucesos que todavía hoy resultan inexplicables. Un hombre mató a sus vecinos porque el olor resultaba insoportable; los hospitales recibieron enfermos de una fiebre que oscurecía la piel y crecía el vello del rostro como el de un animal salvaje; bandadas de pájaros anidaron en los tejados y los árboles, y en sus chillidos se adivinaban palabras y sortilegios; el agua de los estanques se oscureció con insectos que se multiplican en las ciénagas y los remansos podres; hubo madres que abandonaron a sus hijos por el temor de un virus terrible al que no sabían dar nombre ni solución. Algunos interpretaron estos y otros casos como presagios de una catástrofe inminente, pero nada especial sucedió en los años posteriores que les diera la razón. Algunos se burlaron, y aumentó el número de los que hicieron fortunas fabulosas.

Supimos de un hombre bueno que aquel año conoció desgracias lamentables en su familia y sus allegados. Perdió a muchos por causas no comunes, y los demás le abandonaron sin que pueda sospecharse de pactos secretos o conjuras vergonzosas. Sabemos que anotó con cuidado el nombre de los pocos que le importaban, y que los visitó uno por uno para renovar su amistad y comprobar que estaban en paz; que recogió las habitaciones de su casa, ordenó sus armarios y sus libros, y dispuso con mimo flores naturales en los pasillos y las estanterías; que, al pie de la bañera colmada de agua, colocó con obsesiva simetría una silla en la que colgó sus ropas bien dobladas, y que se sumergió sin violencia en un baño tibio del que ya no salió con vida. Cuando lo encontraron, días después, aún su rostro conservaba la placidez del sueño tranquilo.

Nadie sabe cuál será su reacción en el momento último. También se conoce a un hombre en las situaciones más terribles de la vida. Por eso, entre los condenados y quienes mueren en el frente, se encuentran casos de una inútil valentía o de una flaqueza lastimosa.

Todos tienen derecho al miedo y al respeto.